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David E. Santos Gómez
Columnista

David E. Santos Gómez

Publicado el 02 de marzo de 2022

Una promesa hecha hace década y media

El 10 de febrero de 2007, en la Conferencia de Seguridad de Múnich, Alemania, Vladímir Putin tomó los micrófonos para dar uno de los discursos más recordados de la geopolítica contemporánea. En una crítica a Estados Unidos, a la Unión Europea y a la Otan, el ruso cuestionó la unipolaridad del siglo XXI, el avance de la alianza militar hacia sus fronteras —incumpliendo compromisos firmados con el fin de la Unión Soviética— y la obediencia a Washington. Renegó por lo que, consideraba, era un mundo con una sola visión de las relaciones exteriores y la diplomacia. Había llegado la hora de reacomodar el tablero y Moscú jugaría un papel fundamental, si es que los que estaban sentados escuchándolo, europeos y americanos, no cambiaban sus posturas.

En Rusia, el discurso de Múnich pasó a ser reverenciado como un hito. Por un lado, como diagnóstico de los males de lo que consideran la hipocresía de la política internacional y, por otro, como la hoja de ruta que seguiría Rusia para recuperar su poderío imperial. Putin —sabía entonces y lo sabe aún más hoy— tiene lo que a los líderes de Occidente les falta: tiempo.

Una década y media después del histórico discurso, el avance de Moscú es inobjetable. La invasión rusa a Ucrania se consolida como el paso más contundente dado por el Kremlin en su objetivo de reconstruirse como potencia y, de igual forma, desnuda la fragmentación de Washington y Bruselas para hacerle frente. Mientras el presidente ruso manipulaba a los diplomáticos europeos y estadounidenses y daba las órdenes para tomar el país vecino, el G7 y la Otan balbuceaban sanciones, incapaces en lo inmediato de frenar la embestida. El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, que por meses recibió palmadas en la espalda de sus poderosos aliados, lo resumió de manera dramática cuando las bombas rusas empezaron a destrozar su país: “nos han dejado solos”.

El mundo unilateral, del que se quejó el autoritario Vladímir Putin, ha dejado de existir. Él se ha encargado de darle fin. Más allá del apoyo interno que tiene el mandatario en su país y del poderío militar y nuclear que lo sostiene, el gobierno ruso sabe perfectamente que su mayor arma y, al mismo tiempo, su mejor protección es el enorme vínculo económico y comercial que lo une a Europa. La interdependencia de las partes. Occidente no puede castigarlo sin darse al mismo tiempo un balazo en el pie. Cualquier restricción que la Unión Eureopa o Washington imponga a Moscú será un peso enorme para unas economías europeas ya duramente golpeadas por la pandemia. Ni imaginar ir más allá con el gas ruso que calienta al continente o el petróleo que lo mueve.

Por eso los discursos inocuos que salieron desde esta parte del mundo cuando los tanques entraron a Ucrania. Por eso, también, la seguridad de Putin al dar sus órdenes oscuramente planeadas y al lanzar amenazas sin titubeos. Porque la baraja del poder se ha vuelto a repartir.

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