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Humberto Montero
Columnista

Humberto Montero

Publicado el 10 de diciembre de 2019

Una Tierra por barrer

De nada sirve barrer para esconder el polvo bajo la alfombra. Quizá no lo veamos, pero seguiremos rodeados de mierda. Así terminarán en el Gran Chaco, el segundo gran bosque de América tras el Amazonas, con una extensión del tamaño de Colombia que comprende cuatro países (Argentina, un 60 %; Paraguay, 23 %; Bolivia 13 %, y Brasil, 4 %) y 50 ecosistemas diferentes. El Gran Chaco sufre una de las mayores deforestaciones del planeta. Cada mes, las retroexcavadoras arrasan una superficie equivalente a casi dos veces la ciudad de Buenos Aires. Argentina es, con un 80 %, el país que lidera la aceleración del desmonte. Un reciente documental de la cadena española La Sexta mostraba cómo, en unos minutos, las enormes cadenas de acero tiradas por las máquinas tumbaban centenares de árboles milenarios para preparar el terreno al monocultivo de soja.

Aunque la soja se introdujo en Argentina en los años 70, no fue hasta el ciclo de gobiernos kirchneristas cuando el peso de la soja en la agricultura argentina pasó del 45 % al 65 %. Mientras el poder hacía la vista gorda y se llenaba los bolsillos, los terratenientes sojeros se apropiaban de las tierras, arrasaban esteros, bosques y sabanas. Todo cambió en 1996, con la entrada de la semilla de soja transgénica, comercialmente conocida como la semilla “RR” (Roundup Ready). En diez años se duplicó la producción de soja y Argentina perdió el 18% de sus fincas agrícolas, absorbidas, compradas o asaltadas por los grandes terratenientes. En los más de 12 años de kirchnerismo, los empresarios sojeros hicieron y deshicieron a su antojo mientras las regiones del Gran Chaco se mantenían entre las más pobres del país pese al “boom” de la soja.

Buena parte de esa producción de soja se utiliza para el engorde ganadero, pero también para texturizar las habas en forma de “carne” vegetal. Y es que las hamburguesas 100 % vegetales tampoco caen del cielo. Hay que amasarlas con algo comestible. Así que la solución no es que nos volvamos todos vegetarianos, sino cómo producir de forma efectiva en suelos ricos, no en selvas que quedan muertas tras unos años de cosechas.

El mismo caso lo vivimos con las emisiones de CO2. En España, la quema de carbón para producir electricidad se ha hundido en el último año. Las pocas centrales térmicas que quedaban están a punto de cerrar o paralizadas. Los altos precios que hay que pagar por emitir una tonelada de CO2, que se han disparado un 325% en dos años, no hacen rentable la producción térmica. En consecuencia, hasta las centrales solares fotovoltaicas producen más electricidad que las de carbón. En 2018, el carbón era la tercera tecnología en generación eléctrica de España. Hoy, un año después, es la séptima.

Sin embargo, de nada sirve barrer esta casa cuando el polvo se acumula en otra. Aunque la producción global de electricidad a base de carbón ha caído en unos 300 teravatios/hora, lo que supone un récord en los últimos 34 años, hay países donde contaminar no supone un cargo extra. China es un buen ejemplo. En 2018, el gigante asiático consumió en carbón casi dos mil millones de toneladas equivalentes de petróleo, más que todo el resto de los países de la Tierra. Le siguieron la India, con 450.000 toneladas, y Estados Unidos, con 317.000. Más lejos, Japón, con 117.000; Corea del Sur y Rusia, con unas 88.000 toneladas cada una.

La casa de los chinos, indios y estadounidenses y la nuestra es la misma. También la de los terratenientes sojeros y los veganos. Se llama Tierra y no entiende de fronteras.

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