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Arturo Guerrero
Columnista

Arturo Guerrero

Publicado el 17 de marzo de 2021

Unidades de cuidado anímico intensivo

El desastre de la realidad cotidiana provoca desánimo para informarse, para socializar, para vivir. Es triple la carcoma vigente: la pandemia, las matanzas, los atracos en la esquina. Todo maquina contra las ganas de seguir respirando. No hay lugar para los débiles ni para los viejos ni para la gente sensible.

Cada amanecer es preciso darse ánimo. No se encuentra un agarradero para sostener la caña. Tiemblan las piernas, el espejo manda el peor relato de uno mismo. Ay de que a alguien se le ocurra sintonizar noticieros. Más le valiera ser sordo y ciego.

¿Hablar con un amigo, con una amada? ¿Buscar una voz que primero quiera escuchar y segundo soplar un sesgo? Suerte será que ese ser exista o que existiendo haya logrado sobreaguar el tsunami sicológico general.

No hay para dónde mirar. La consolación fue desterrada y condenada a cadena perpetua en el exterior. La justicia fue decapitada. Los consejeros se llenaron de plata y se volvieron cínicos. Incluso los libros se niegan a entregar ese reflejo conmiserado que los autores no buscaron pero lograron a lo largo de los siglos.

El daño está consumado y es profundo. Un país transpira muerte y bate en retirada las formas sutiles de la vida. Nadie se esforzó lo suficiente para frenar a los demonios o por lo menos para gritar avisos de que estos avanzaban por tierra, mar y aire.

Hoy se requiere oxígeno entubado para las unidades de cuidado anímico intensivo. Ese gas ha de inyectar ansias renovadas de hospedarse en este planeta que desde antiguo ha arrancado elogios y emociones. Las ferocidades de la historia no consiguieron apagar la llamita vital que hoy está a un suspiro de extinguirse.

¿Por qué, entonces, el presente resulta más insoportable que las carnicerías, hornos crematorios, hambrunas, pestes y despotismos de los siglos anteriores? ¿O será que este XXI produjo un agotamiento orbital de los motivos de vivir?

Las fórmulas antiguas ya probaron su fracaso. Los paladines de hoy, públicos y caseros, tendrían que hacer dos cosas. Primero, hermanarse con la congoja de sus contemporáneos. Segundo, propiciar un corto arsenal de impulsos hacia la construcción de lucideces frescas en pro de la supervivencia.

Tal vez no sea tarde. Cada hora nacen miles de seres, inteligentes e instintivos, que traen debajo del brazo un asombro, una rareza

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