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P.D. Mario Franco
Columnista

P.D. Mario Franco

Publicado el 15 de julio de 2019

Ve y haz tú lo mismo

Quizá desde siempre, pero con mayor razón, hoy; la parábola de Jesús sobre el buen samaritano, como respuesta a todos nosotros, es clara. ¿Qué debo hacer para alcanzar la vida eterna? Al legista, Jesús, sencillamente lo remite a su dominio: ¿qué dice la ley? Este hombre, lo tenía tan claro que Jesús confirma, como acertada, su respuesta.

Por vergüenza, o por cualquier otra intención, no tan clara..., su reacción fue preguntarle de nuevo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo? No es difícil concluir que conocía –teóricamente- la respuesta. Por eso suponemos que su intención no era tan clara ni directa como cuando la primera pregunta por la vida eterna. Cualquiera que fuera la situación, lo que este letrado (y nosotros hoy...), no esperaba fue la reacción de Jesús, que no le respondió quien es su prójimo, pero le ordenó –con la parábola del Buen Samaritano- volver a su vida “agacharse” y “hacerse prójimo”.

El asunto no es distinguir mediante una discusión, con rodeos, como los amigos de la parábola o nosotros; quién puede ser “teóricamente” mi prójimo en diversidad de circunstancias. En toda ocasión, sin distinción de tiempo, lugares y personas; sin distinciones históricas, sociales, culturales y religiosas; hacerse prójimo es hacer real el ejercicio de la compasión y misericordia con el débil, caído, enfermo, excluido, asaltado y ofendido; quien quiera que sea.

Esto es absolutamente válido para todas las personas, tiempos y circunstancias de la vida. Este “deber hacer”, trasciende los estrechos límites de nuestra vida y por eso Jesús sencillamente le ordenó, más allá de excusas, rodeos o justificaciones: Ve y haz tú lo mismo.

Hoy las condiciones han variado, son distintas. Los seres humanos quizá somos más agudos o soberbios. Cada día, de múltiples maneras, nos encontramos con Dios, en el (próximo), sobre todo cuando éste es débil, caído, pequeño, por debajo de nuestro nivel básico humano y no lo reconocemos. Por ello, no podríamos, o mejor, no quisiéramos preguntarle qué tendríamos que hacer para lograr -lo que sin Dios- estamos tratando de alcanzar: la vida eterna.

Consideramos que el débil y pequeño, caído o maltratado, nunca podría saber más, que nosotros, sobre la vida eterna. Y si lo supiera no lo podríamos aceptar porque en términos culturales y religiosos... (no en términos del Espíritu y de Gracia), son ellos los que tendrían que preguntarnos sobre lo que deben hacer para tener más y mejor vida. Eso creemos...

¡Qué lejos estamos hoy..., de la vida verdadera y eterna! Qué lejos estamos de Dios en Jesús y en su mejor presencia: el prójimo pequeño y humilde. La respuesta de todos los tiempos, que nos dio Dios en Jesús, a través de la parábola del “Buen Samaritano”, supone abajarse de la cima de soberbia que hemos alcanzado. Agacharse y comenzar a ver. Sentir compasión y ejercer la misericordia, aceptando aquello, siempre válido: Ve y haz tú lo mismo.

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