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Óscar Domínguez
Columnista

Óscar Domínguez

Publicado el 13 de agosto de 2020

Vicepresidencias (2)

Ácidas críticas me llovieron desde las cacofónicas redes sociales porque en reciente columna solo nombré amigos en las presidencias de algunas asociaciones sin ánimo de lucro que me permití crear para reducir el desempleo.

Tienen razón mis contrarios. Pero si los políticos gobiernan con quienes votaron por ellos y en reciprocidad los atarugan de puestos y/o contratos, está bien que uno comparta burocracia con sus compinches de travesía. ¿El poder para qué?

Con el poeta Óscar Echeverri Mejía nos repartimos la presidencia y la vicepresidencia de la Asociación Protectora de Espantapájaros, ASPEJ. Él coleccionaba espantapájaros; también este servidor de tintos. A su muerte, asumí ambos cargos. “Caído rey de burlas, ha coronado un ave con desafiante nido tu humillada cabeza”, escribió mi tocayo de estos personajes que se tutean silenciosos con el viento.

Me honro en pertenecer a la cofradía de los que duermen varias siestas al día. De este jurásico ritual surgió la Asociación de feos durmientes de siestas muchas, Asosiesmu. La preside el médico manizaleño Gonzalo Mejía, quien las duerme hasta de pie. Soy indestronable vicepresidente.

La Asociación de ajedrecistas mimados por la diosa Caissa, Asomicaissa, era una realidad que se veía venir. Intrigaron -y comparten- la presidencia los maestros Emilio Caro y Jorge Hernández, con vicepresidencia del hijo de Luis y Genoveva.

Sin fecha de caducidad opera la Sociedad secreta de excolprensos en el más feliz retiro, Asocolfere. Presidente, Orlando Cadavid Correa, con vicepresidencia de este palabrotraficante que fue subalterno suyo en Colprensa.

Ha cogido fuerza inusitada el Sindicato de perplejos por el encierro infame que sufrimos gracias al coronavirus, Sindicoroperple. Es el único sindicato mundial en el que todos somos presidentes y vicepresidentes.

Me costó encontrar presidente para la Cofradía de patos, vagos y similares del antiguo andén de Envigado, Copavadén. Sé que alabanza propia es gatuperio, perdón, vituperio, pero me lucí con el primer presidente, Guillermo Zuluaga Tobón, Machía. Espero hacerlo bien como el Marta Lucía Ramírez de ese nuevo y altivo colectivo.

Me di piquitos de felicitación cuando creé el Grupo de veteranos proustáticos del desaparecido Bar Montecristo, Proustimonte, de Junín con Maturín. El presidente estaba cantado: Fabio Muñoz Correa, sobrino de “Menuda”, el dueño del Bar. Aconsejábamos a las meseras que dejaran esa ardua vida horizontal y regresaran a casita. Si hubiéramos seguido con ese cuento no perdemos la virginidad. La vicepresidencia no podía quedar en mejores manos que las mías, enemigas del manicure.

Ya era hora de crear la Logia de nostálgicos que chorrean la baba por ver aterrizar aviones en el Olaya Herrera, Lonoslaya. Una firma cazatalentos analiza hojas de vida para llenar la presidencia.

No me dejaré quitar la presidencia eterna del Club de fans del fallecido consejero de paz, Gilberto el “Ratón” Echeverri Mejía, Asorratón. Ni pelando con la uña todos los cocos que hay en la Mayoritaria conseguirán defenestrarme

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