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Diego Aristizábal
Columnista

Diego Aristizábal

Publicado el 27 de febrero de 2020

Virus

En estos tiempos donde los medios de comunicación hablan todos los días de coronavirus, recuerdo algunos autores que han escrito de pestes y epidemias que acaban con los mortales en un sencillo pero apasionante pasar de hojas. Creo que el primero que leí fue “La peste”, de Albert Camus. Luego, por cuestiones periodísticas, llegué a un libro fascinante “Diario del año de la peste”, eran los días cuando Londres padeció la gran plaga. Sin embargo, además de “Apocalipsis”, de Stephen King, hay dos que no puedo olvidar porque son sencillamente extraordinarios.

Y estoy hablando de “La Tierra permanece”, de George R. Stewart, y del “Decamerón”. Diré algo breve del primero, de esa novela que se publicó en 1949, la misma fecha de “1984”, de George Orwell, claro, eran tiempos de catástrofes posnucleares y el fin del mundo estaba cerca, como siempre. Hoy, valdría la pena volver sobre la obra de Stewart, porque es una hermosa meditación sobre la ecología y el inevitable cambio de la humanidad, como dice Ish, el protagonista: “los hombres van y vienen, pero la Tierra permanece”. No diré más, solo que durante varios miles de años el hombre ha desarrollado su estupidez, pero también un amor bastante curioso por la humanidad, especialmente cuando está a punto de desaparecer.

Y sobre la obra de Boccaccio, corría el año 1348 en Florencia y la peste mortífera sobrevino porque “los enfermos la transmitían a los sanos al comunicarse con ellos, como el fuego a las cosas, secas o empapadas, que se le acercan mucho”; esto llevó a que todos dijeran que no había contra el mal mejor medicina que escapar de él; fue así como un pequeño grupo de hombres y mujeres se retiraron a un lugar seguro y loaron, de consuno, la proposición de narrar cuentos. De esta forma, mientras unos mueren, los que escuchan las historias se salvan.

Y si pienso en esto es porque quedé sorprendido cuando a raíz de la pareja de italianos que dio positivo de coronavirus en el hotel en Tenerife, 800 huéspedes y unos 200 trabajadores quedaron aislados, encerrados como si en ellos mismos estuviera haciéndose realidad la ficción. Aunque lo que más me sorprendió fue que cuando les preguntaron a algunos cómo estaban ahí dentro, la respuesta fue que estaban tranquilos, todo el día en la habitación, comiendo y viendo televisión. “Esto es un poco aburrido”, afirmó alguno.

¿Por qué ninguno habló de libros y de historias que los libraran del tedio? ¿Será que ya nadie carga libros? Los encuentros en esta Tierra cambiarán en la medida que tengamos nuevos temas para conversar e imaginar, incluso el miedo que nos contagian algunos medios y las cadenas de WhatsApp.

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