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Diego Aristizábal
Columnista

Diego Aristizábal

Publicado el 26 de marzo de 2020

Volverse un libro

Desde hace unos años, no volví a organizar mi biblioteca, porque cada que lo hacía, apenas llegaba a un orden más o menos aceptable para mí, me mudaba. Una especie de Sísifo me abraza desde hace mucho, y los que tenemos libros sabemos muy bien lo que pesan, así los amemos. Pero en estos días, cuando camino por mi apartamento pensando en qué irá a parar todo esto, he visto esos lomos dispersos en los anaqueles, como una boca con los dientes torcidos, y me ha dado por organizarlos.

Así que mientras me cepillo los dientes, voy de un lado a otro y le busco pareja a los libros perdidos, los agrupo con su manada. A un “Cien años de soledad” lo pongo al lado de “Crónica de una muerte anunciada” y pienso dónde estarán los otros tantos que tengo de García Márquez. Y así, durante horas, voy recordando, sin querer, dónde fue que vi el otro librito de Primo Levi, tan necesario por estos tiempos, porque acabo de encontrar uno más, “La búsqueda de las raíces”, junto a “Auto de fe” de Elías Canetti. Todos me dicen algo.

Ahora, ¿para qué organizo mi biblioteca si en cualquier momento vuelve y se desarma? Así como algunos hacen mandalas para encontrar la calma, a mí me gusta acariciar mis libros, leerlos fragmentariamente hasta sentirme tranquilo, seguro, como si ellos me protegieran. Amos Oz cuenta en sus memorias, “Una historia de amor y oscuridad”, algo que siempre me ha parecido bellísimo y doloroso a la vez. Los tiempos eran duros y violentos y, de alguna forma, el miedo te traspasaba: “los niños de tu edad no siempre crecen. Muchas veces los matan en la cuna. O en la guardería”, por eso, el mayor deseo del pequeño Oz era crecer y convertirse en libro, después de todo, “yo había visto con mis propios ojos cómo los libros consiguen esconderse, introducirse en la oscuridad del polvo entre tomos apretados, debajo de montones y montones de fascículos y revistas, y encontrar un escondite oscuro detrás de otros libros...” Me encanta esa idea, yo ahora, más que antes, también quisiera lo mismo.

Una casa con una biblioteca es un poco como la vida, hay unas maravillosas que uno quisiera tener; otras especializadas; algunas con un libro que es más que suficiente; y otras vacías, no diré sin esperanza, porque cada quién busca la manera de sentirse feliz, pero sí con esa desolación tan propia de quien aún viviendo no encuentra la gracia. Parafraseando a Peter Handke, yo no podría sentirme frustrado si mi casa está habitada por libros que todavía no leo. Vivir es complejo, más ahora, por eso cada quien debería encontrar ese punto, ese trance donde al menos por un instante sienta que esto también pasará

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