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Juan David Ramírez Correa
Columnista

Juan David Ramírez Correa

Publicado el 05 de noviembre de 2019

Vuelve y juega el Cauca

El Cauca es una sumatoria de problemas que están terminando en sangre y muchos muertos. En algo más de un año van 126 muertos y en los últimos quince días, tenga para que lleve: dos masacres. En Tacueyó asesinaron a mansalva a cinco indígenas, entre ellos a Cristina Bautista, gobernadora Indígena, quien días antes, frente al hostigamiento de los ilegales y como si fuera una premonición, decía: “si nos quedamos callados, nos matan. Y si hablamos, también. Entonces hablamos”. Luego, por simple sospecha de que podrían ser investigadores, mataron a cuatro ingenieros. Los degollaron. El domingo pasado, mataron a otro indígena. Le dispararon delante de su esposa y su hijo, luego, lo arrastraron a un matorral para rematarlo a tiros de fusil.

Hay una operación limpieza que tiene en una zozobra bárbara a toda la población. Hoy impera el control territorial por parte de los ilegales. Allí operan disidencias de las Farc, narcotraficantes, Eln, emisarios de los carteles mexicanos, bandas criminales y no sigo porque la lista es larga. Todos, en una guerra abierta contra los indígenas. No toleran sus formas ancestrales de proteger el territorio y buscan aprovecharse de los vacíos institucionales para dominar y someter. Municipios como Toribío, Santander de Quilichao y Caloto se están convirtiendo en lugares invivibles, donde la cotidianidad está tomada por los grupos ilegales.

El Cauca es un caldo hirviendo que quema. Pero no se aleja mucho de lo que se vive en otras regiones del país. El Catatumbo, Nariño, Bajo Cauca antioqueño, Buenaventura, Chocó son solo algunas de las regiones donde también se cocina el mismo caldo del Cauca... y se está cocinando a fuego alto. Eso marca un punto crítico en el momento que vive el país. De no corregirse, olvídese que este país es capaz de avanzar con cualquier consideración de desarrollo que se tenga y mucho menos construir una sociedad donde se conviva en paz.

Somos testigos del problema y estamos agotados con sus consecuencias. Duele profundamente que el Cauca esté tan jodido. Proteger esta región de las amenazas que vive es una gran oportunidad para que las noticias que se escuchen sobre esta tierra sean muy distintas a las de los muertos. El gobierno tiene que recobrar el control y brindar seguridad a las miles de personas víctimas de ese montón de pillos que están por ahí regados. Se necesita la intervención de la fuerza pública sin abusos y con respeto. No es un asunto de excepción, es un asunto donde hay que ir más allá de la excepción y de una vez por todas actuar teniendo presentes las necesidades del territorio, respetando las tradiciones de los pueblos indígenas y brindando herramientas de progreso: infraestructura, proyectos productivos, formación educativa, acceso a salud, seguridad alimentaria. Nada distinto a lo que un plan de gobierno debe ejecutar y cumplir.

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