Una manera de narrar la historia de un lugar es a través de sus museos de arte.
Las obras que albergan son testimonio de una época, de la concepción del espacio y el tiempo de los artistas, y del diálogo del espectador con aquellas expresiones plásticas.
Como un gabinete de curiosidades, integrado a una biblioteca estatal, el Museo de Antioquia abrió sus puertas al público en 1881.
Entre sus avatares, cuenta la historia que en 1946 doña Teresa Santamaría de González y el señor Joaquín Jaramillo Sierra, del Cuadro de Honor de la Sociedad de Mejoras Públicas de Medellín, reinauguraron el Museo, argumentando que 'no es posible que una ciudad tan importante como Medellín no tuviera un museo para mostrarle (sic) a los turistas, pues ello constituía un signo inequívoco de incultura'.
Se equivocaban: el signo de "incultura" radicaba en no tener un museo para mostrarles a sus coterráneos; un lugar que nos revelara, por medio del arte, de dónde venimos, quiénes hemos sido, cómo se ha construido nuestro entorno. Un espacio para mirar hacia adentro y, asimismo, proyectar hacia afuera.
El Museo de Antioquia permanece, orgulloso, en el corazón de Medellín. Además de la Plazoleta Botero, sus alrededores evidencian una trasformación delirante y contradictoria, común a varias ciudades latinoamericanas, que oscilan entre el desplazamiento masivo y las que podrían ser leídas como señales del progreso -el paso del viaducto del metro, por ejemplo-.
Y si el "orgullo paisa" ha sido la maldición de varias generaciones, que se tragaron el cuento de la superioridad de una raza ficticia, en el caso del Museo de Antioquia el mito resultó ser una bendición: los retratos de personajes emblemáticos de nuestra historia, junto a imágenes representativas como el cuadro "Horizontes", de Francisco Antonio Cano, despiertan en el público local una actitud ceremonial, de respeto e interés por el pasado.
¿Microhistorias? la del "Obispo negro" (Nueva York, 1963), de Fernando Botero, obra rifada por una cervecería. El ganador expresó preferir el dinero al cuadro, y la compañía donó la obra al Museo.
Otra anécdota: la cacería de Canos emprendida por Pablo Escobar en los ochenta. En vano, su esposa intentó comprarle el cuadro "Horizontes" a la familia del expresidente Carlos E. Restrepo.
Y la gran historia: la que narran los murales del maestro Pedro Nel Gómez... la fuerza del espíritu humano, del trabajo, las costumbres y tradición de nuestros ancestros.
Esta institución cultural ha decidido desterrar el concepto elitista del museo, ha sobrepasado sus muros para pensar el arte (eventos como el MDE11) y ser una entidad incluyente (programas concertados con la Alcaldía para accesos gratuitos), itinerante por diferentes municipios y barrios de la ciudad.
A la par con el Museo de Antioquia, el Museo de Arte Moderno de Medellín y la Casa Museo Pedro Nel Gómez se erigen como entidades pioneras: testimonios de la valentía de los gestores culturales de Medellín, que no se amilanan ante las malas rachas de la economía ni la azarosa indiferencia de una sociedad con un creciente talante consumista; decadente.
El Museo de Antioquia, nuestro museo, el primero fundado en el Departamento y el segundo en Colombia, está de fiesta. No son 130 años de historia: son 130 años contando historias.
¡Feliz cumpleaños!
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