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A Arizmendi Posada

  • José Guillermo Ánjel R. | José Guillermo Ánjel R.
    José Guillermo Ánjel R. | José Guillermo Ánjel R.
03 de febrero de 2012
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Querido, reído (en nuestros tiempos de publicistas) y a veces visto, Ignacio. Usted, como los fantasmas de los túneles de entretenimiento, aparece y desaparece. Por estos días he leído, aunque leer no es el término sino estudiado, su Manual de historia presidencial de Colombia 1819-2011, que quizá sea la síntesis técnica de sus libros anteriores sobre los presidentes de esta República calenturienta, pero con un contenido diferente para el investigador, no de datos curiosos sino de situaciones, movimientos y hasta de contradicciones. Porque en su libro no aparecen los presidentes en calidad de biografiados sino que se catalogan como una especie, la presidentiácea (supongo), que puede leerse por origen, tiempo de ejercicio, filiación política, edades, participación en guerras civiles, repetición en el cargo, etc. Y a esto hay que agregarle su pequeña burla.

La historia oficial se caracteriza por fechas, lugares, estatuas y espacios sin cambio climático. Es una historia para darles nombre a las calles, a los concursos y a las medallas. Y de vez en cuando para nombrar una hacienda o a un animal. Recuerdo cuando a muchos perros se los nombraba Trotsky, solo para significar que este ideólogo de la revolución rusa era un perro. Pero, la historia moderna no es ahora una suma de datos para placas en estadios sino un conjunto de variables que es necesario cruzar para entender no solo qué pasó sino qué situaciones hicieron posible al personaje sujeto de la historia. Pensar de manera sistémica, conceptualizar, proyectar, caer en la realidad y determinar las prácticas finales que produjo el acontecimiento dan una noción de certeza cercana. Y en este punto, su libro, Ignacio, es de ayuda para conceptualizar y sonreír.

Porque su Manual de historia presidencial, querido Ignacio Arizmendi, tiene una buena carga de sorna y humor negro que, en lugar de demeritar el contenido, lo hace más profundo. Sin burla de por medio, los muros son muchos. Claro que para entenderlo hay que tener sentido del humor y haber caminado mirando detalles, que es como se ve el mundo completo y no ese que otros dibujan en mapas o dan en píldoras por los noticieros, con la idea de que no hay más. Lo amargo purga, eso dicen y pasa. Y envicia. Por esto, presentar a la especie presidentiácea colombiana en sus movilidades, aciertos, desaciertos, delirios y silencios, en los vuelos para quedar perdidos y en los aterrizajes de improviso, cuando no en sus limbos, es un refresco entre tantos calores.

Ignacio Arizmendi Posada, comunicador social, experto en presidentes colombianos, columnista, expublicista y exdirector de la Facultad de Comunicación Social de la UPB. Su humor negro es parte de su manera de vestir. Esto último, quizá no le guste a su mujer.

Nota: esta columna cambia de nombre y de estilo: a partir de la semana entrante se llamará Estación de Metro.

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