En asuntos de drogas no vale decir que "la mejor defensa es el ataque". Asumir la prevención desde una postura moralista es hacer el ridículo más grande. Las drogas no son ni buenas ni malas, ya es hora de cambiar el ángulo desde donde se mira el fenómeno; tenemos en nuestro haber un sesgo heredado de tildar las drogas como malas, sin reconocer que estamos inmersos en ellas.
Soy consumidor de café, me encanta el azúcar, la cocoa, el chocolate, todas ellas drogas; fui fumador de cigarrillos hasta hace cinco años, no bebo y no consumo marihuana, ni cocaína, ni inhalantes de ningún tipo, ni ninguna de las drogas ilegales que tradicionalmente conocemos.
He sido testigo de personas que por curiosidad han experimentado, que prueban y se vuelven consumidores y adictos. Conozco personas que han salido de las drogas ilegales gracias a un tratamiento de choque muy traumático, pero que continúan siendo dependientes de drogas legales como la nicotina, la cafeína o el azúcar.
Conozco personas cuyo día a día es tomar pastillas para todo tipo de dolor y malestar, incluso de manera preventiva, desde temprano en la mañana hasta tarde en la noche.
Toda mi vida he asistido a reuniones familiares, primeras comuniones donde a los niños se les da vino, tortas, dulces por doquier y a los padres aguardiente y cigarrillos; fiestas de quince años donde el alcohol es el centro de atención; celebraciones en general.
En los medios de comunicación la mayoría de acciones en las que muestran a los personajes de una novela, película o seriado es consumiendo, traficando o permitiendo que se consuma o que se trafique. En este momento no hay una sola familia en la que no haya alguien que tome alcohol, fume cigarrillo o incluso uno que sea drogadicto o rehabilitado.
Este es el contexto de las drogas actualmente: estamos culturalmente vinculados a ellas.
En vez de discursos moralistas sobre las drogas, por qué no comenzamos a hablar abiertamente sobre el tema, a conocer los imaginarios que tienen las nuevas generaciones, a informar a jóvenes y a adultos sobre todas y cada una de las drogas existentes para desmitificarlas, para quitarles ese velo de heroísmo y diversión que tienen y acercarnos a ellas pero desde la información.
Hay padres de familia que les empacan redbull a sus niños, como "algo" para el colegio, sin imaginarse las consecuencias que trae el solo hecho de acostumbrar al cuerpo a depender de un estimulante para accionar en diferentes ámbitos.
Jóvenes que no creen que el popper y el ladyes son sustancias psicoactivas y las consumen sin el menor problema porque llegan como modas a los colegios y universidades ventilando nuevas sensaciones para experimentar.
En esto hay algo muy claro: sólo es la persona quien decide lo bueno y lo malo para ella pero, ¿con qué criterio toma esas decisiones? ¿Quiénes están influenciando esa toma de decisiones? ¿Cuál es el contexto en el que esa persona toma las decisiones? ¿Están los gobiernos, los Estados, las familias, las instituciones educativas, las empresas, los medios de comunicación propiciando mecanismos de desarrollo humano que permitan a una persona formarse un criterio de autorregulación?
Es necesaria una formación en la que las personas decidan por libertad y por conocimiento, no por temor, ni por recompensa, y en esto, la información es vital.
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