Desde hace muchos años Colombia está atrapada, como una mariposa ingenua, en una telaraña de escándalos. Y como en el rito sacrificial de la araña que caza su presa, a cada movimiento que haga el insecto que cayó en la trampa, más se enreda. Y quien intenta acercarse a liberar a la víctima también se ve aprehendido en los hilos sutiles de la sospecha y termina, a su vez, atrapado.
Todos en Colombia, culpables o inocentes, acusados y acusadores, justos y pecadores, nos encontramos entre las redes de la telaraña siniestra. Por la sencilla razón de que por activa o por pasiva, por acción u omisión, por fas o por nefas, nos hemos dejado arrastrar por la malsana atracción de los escándalos. Algo que empieza como un juego, pero que se vuelve una compulsión irresistible. Al final todo acaba enturbiado y la verdad, que es la única que puede sacarnos del embrollo, se vuelve lejana e imposible.
Cuando una denuncia (y denunciar es un deber ciudadano) se deja tentar por otras intenciones distintas a la limpia acción de la justicia y, lo que es peor, cuando esa denuncia se vuelve barragana del escándalo, no sólo deja de ser efectiva, sino que se torna peligrosa y tan perjudicial o más que el acto innoble o punible que se puso al descubierto.
La palabra "skándalon", en griego, de donde viene el vocablo que nos ocupa, significa "el mecanismo que sirve para poner en movimiento una trampa, o sea, el resorte de la trampa", como lo anota el padre Gaitán Orjuela en su "Biografía de las palabras". Con el tiempo pasó a significar la trampa misma. Y añade este autor, en una explicación que bien sirve para entender un poco lo que estamos viviendo en el país: "Por otra parte, nadie negará que eso de caer en la trampa no sea una sorpresa bastante desagradable. Y decimos esto porque es precisamente ese matiz de dolorida sorpresa lo que distingue a ciertas acepciones del término 'skándalon' y sus derivados".
Colombia es un campo sembrado de trampas, que sorprende en el momento menos pensado a quien se aventura por la maraña de consejas y chismes, de murmuraciones de pasillos, de secreteos de alcoba, de verdades a medias, de mentiras palmarias, de interpretaciones amañadas. Es un ambiente viscoso, pegajoso, ensuciador. Mete uno la mano y se unta.
Así las cosas, hemos acabado conviviendo con el escándalo, como nos acostumbramos a vivir con la violencia, casi cohonestándola y propiciando la impunidad. La adicción al escándalo, alimentada por los medios de comunicación y por la esgrima inmoral de los que buscan pescar en río revuelto, se vuelve un hábito y una costumbre tan desgastadora y ramplona, que no servirá a nadie ni a ninguna causa.
Para liberarse de la telaraña, si todavía hay tiempo, tal vez el único medio sea mantener una actitud de distancia crítica para no tragar entero ni comulgar con ruedas de molino. Y convocar a la sociedad, sobre todo a sus dirigentes, a hacer gala de la difícil sabiduría del silencio. Porque parte del entremés de los escándalos es la verborrea. No se trata de callar cuando la verdad exija hablar, sino de ser dueños de las propias palabras. Y, lo que es más difícil, ser dueños del propio silencio.
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