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Nicholas D. Kristof
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CAMBIAR AL MUNDO DESPUÉS DEL RECREO

Por Nicholas D. Kristof | Publicado el 10 de febrero de 2012

Una batalla entre un grupo de cuarto grado y un importante estudio de cine podría parecer una lucha inequitativa.

Así resultó ser: cedió el estudio. Y ahí está una historia de cómo las nuevas herramientas en internet están permitiendo que gente muy común derrote a algunos de los intereses corporativos y políticos más poderosos que hay, al amenazar a los titanes con el equivalente en la red de emplumarlos.

Por ejemplo, el grupo de cuarto año de Ted Wells en Brookline, Massachusetts. Los niños leyeron el cuento “The Lorax” del Dr. Seuss y admiraron su énfasis en proteger a la naturaleza, así es que estaban encantados al saber que los Estudios Universal estrenarían la versión cinematográfica en marzo. Sin embargo, cuando los niños entraron en el sitio web de la película, se sintieron defraudados porque parecía que se ignoraban los temas ambientales en el sitio.

Así es que el mes pasado comenzaron una petición en Change.org, el sitio al cual hay que recurrir para levantamientos en la web. Exigían que los Estudios Universal “permitan que Lorax hable por los árboles”. La petición se propagó como un virus, rápidamente se recabaron 57.000 firmas y el estudio actualizó el sitio de la película con el mensaje ambiental que dictaron los niños.

“Era exactamente lo que los niños habían pedido; los niños estaban en las nubes”, me dijo Wells, recordando la fiesta para celebrarlo que hicieron durante el recreo. “Estos chicos realmente están sintiendo el resplandor de hacer del mundo un lugar mejor. Están sintiendo ese poder”.

Las oportunidades para identificar y deshonrar en internet a través de Change.org llamaron mi atención cuando informé hace poco de los tratantes de personas que trafican chicas adolescentes en Backpage.com. Me enteré que una petición en Change.org recabó 86.000 firmas para llamar a la compañía a dejar de aceptar anuncios para adultos.

Mi siguiente columna fue sobre los periodistas a los que tratan brutalmente en prisiones etíopes. Una universitaria de primer año en Idaho, Kelsey Crow de 19 años, la leyó y comenzó una petición para liberar a esos periodistas, y reunió más de 4.000 firmas en muy poco tiempo.

¿Importa eso? ¿Le importa al primer ministro etíope Meles Zenawi lo que un grupo de ciberciudadanos piense de él? Está garantizado el escepticismo, pero hasta ahora las peticiones en Change.org han tenido algunos logros sorprendentes.

Por ejemplo, Ecuador solía tener una red de “clínicas” donde, a veces, se abusaba sexualmente de lesbianas bajo la apariencia de hacerlas ser heterosexuales. Una petición de denuncia de esta práctica recopiló más de 100.000 firmas, lo que llevó a Ecuador a cerrarlas, anunciar una campaña nacional de publicidad contra la homofobia y designar a un activista a favor de los derechos de los gais como ministro de salud.

Los autores intelectuales de las campañas exitosas no son, por lo general, gente poderosa o bien relacionada. En su mayor parte, sólo desborda audacia y se lleva de tú con los medios sociales.

Por ejemplo, Molly Katchpole. El otoño pasado, una nana de 22 años que vivía en Washington, estaba muy molesta por una comisión de cinco dólares mensuales en las tarjetas de débito que anunció el Bank of America, y se esperaba que otros bancos hicieran lo mismo. Le llevó una hora redactar una petición, la primera que hacía.

“En un mes, ya tenía 306.000 firmas”, me dijo Katchpole. “Entonces, los bancos se echaron atrás”. El Bank of America y otras instituciones financieras cancelaron los planes de la comisión.

Poco después, empezó una segunda petición para protestar por un cobro de dos dólares impuesto por Verizon para pagar cierto tipo de cuentas por internet. En 48 horas, ya había conseguido 160.000 firmas, y Verizon retiró la comisión.

Katchpole se valió de sus logros para conseguir empleo en una organización nueva de defensoría, Rebuild the Dream, que busca mejorar el bienestar económico de las familias de clase media.

En cuanto a Change.org, crece explosivamente. Fundada en 2007, es una Corporación B –un híbrido de empresa lucrativa y beneficencia, que busca tener ganancias para hacer el bien social– y empezó a aumentar hace un año. Ahora crece en un millón de miembros al mes.

“Estamos creciendo más cada mes de lo que crecimos en total en los primeros cuatro años”, dijo Ben Rattray, de 31 años, el fundador. Comentó que se inician 10.000 peticiones mensuales en el sitio, y que cada éxito lleva a innumerables campañas que lo imitan.

Change.org ha crecido de tener 20 empleados hace un año a 100 ahora, en oficinas en cuatro continentes. Para finales de este año, Rattray planea tener oficinas en 20 países y operar en varios idiomas más, incluidos el árabe y el chino. Reconoce que podrían bloquear al sitio en China, pero encoge los hombros.

“Si al final los dirigentes no prohíben nuestro sitio, es que no estamos haciendo nuestro trabajo”, señaló.

Entre tanto, ¿qué pasó con esos 14 niños en el grupo de cuarto año de Wells? Les pregunté que cuál sería su próxima iniciativa en Change.org. Siguen hablando sobre las opciones, pero una posibilidad es reducir la basura llamando a las empresas para que dejen de bombardear a la población con directorios telefónicos y, en su lugar, los distribuyan sólo a las personas que los soliciten.

Es absurdo pensar que 14 niños de cuarto grado puedan lograr algo tan sensato. En realidad, ya demostraron que internet puede poner de cabeza al mundo.

Interacción y participación

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