Estuve hablando con el padre Nicanor, mi tío, sobre el centenario de EL COLOMBIANO. Dada su avanzada edad, su vida ha acompañado no todos pero sí muchos de esos cien años cumplidos por este periódico, que generosamente ha acogido esta columna en las dos últimas décadas. Se lo dije de entrada, con temor de que se incomodara por la alusión a su vejez.
-En realidad, tío, su vida casi ha corrido pareja con EL COLOMBIANO, ¿cierto?
-Ni creas, sobrino impertinente, que te voy a dar pistas para deducir mi edad. Acepto sí que, como a todos los antioqueños, ha sido más bien EL COLOMBIANO, el que nos ha acompañado todos los días de la vida. Y digo días, porque estoy convencido de que un periódico no cumple años, sino días.
-Entonces, según usted, padre, un periódico no cumple uno, dos, veinte, cincuenta o cien años, sino días. Mejor, cumple un día cada día. Y punto. Lo demás es archivo.
-Eso de que fuera de la edición de hoy un diario es simplemente archivo, lo dices tú, no yo. De lo que sí no dudo es que en un periódico es donde se vive de manera más intensa la experiencia del tiempo. El periodismo es eso: una lucha con el tiempo y contra el tiempo.
-Es cierto, tío. Ninguna profesión tan impregnada de temporalidad como el periodismo. Quienes estamos metidos en esta aventura, si jóvenes, somos jóvenes envejecidos; si viejos, viejos a toda hora rejuvenecidos por el acicate del acontecer diario.
-Te lo creo. Anclado en la actualidad, pero montado al mismo tiempo a caballo sobre la fugacidad de la noticia, el periodismo debe, a mi juicio, embridar el tiempo, ponerle el freno, sin que pierda nunca su galope de corcel desbocado y sin que amaine tampoco bajo ningún pretexto la nerviosa emoción de crines al viento que es el ejercicio periodístico.
-Se le brota a usted, padre Nicanor, la oratoria de antaño. Es cierto. Al hacer un periódico se confunden las coordenadas temporales. Hoy es mañana. El presente es ayer. El pasado (cada minuto es el comienzo del pasado) se torna arena movediza en la que los esfuerzos y hallazgos pueden hundirse irremediablemente en el olvido, perseguidos por la fugacidad.
-Yo creo, muchacho inquieto, que los que leemos un periódico nunca seremos capaces de entender esa mezcla de angustia y placer que, supongo, es el trabajo periodístico.
-La misma rapidez, tío, con la que un periódico se hojea (o se ojea), se lee y se bota es parte del drama. Ni podremos adivinar, como lectores, la dialéctica de perfección e insatisfacción que vive el periodista.
-Por la misma dinámica informativa, pienso yo desde mi orilla de lector, el periodista es, debe ser, un ser en constante insatisfacción. Y por eso también, en permanente proceso creador, metido gozosa y dolorosamente en una irrefrenable búsqueda de perfección y mejoramiento.
-¡La perfección, tío, la perfección?! Para mí, en el periodismo la perfección es un remordimiento.
-Pues, hijo, eso que has dicho tal vez sea la mejor definición del vivir. La vida también suele ser un remordimiento.
-Le confieso: después de los insomnios, de una lucha angustiante para que todo salga bien, mil incidentes imprevistos y que escapan al control suelen dejar la impresión de desgreño y descuido. Y ya es demasiado tarde. Sólo la página, irremediablemente impresa, descubre las fallas, los errores.
-En fin, muchacho envejecido, es bella y terrible esta aventura tuya del periodismo, mirada desde el punto de vista de la fugacidad del tiempo, de la perfección imposible. Escuela de humildad, por la constante insatisfacción que genera; escuela de juventud, porque la mejor forma de permanecer joven es quemarse a diario con el tiempo. ¡Felicitaciones, pues, por estos cien años de fugacidad!
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