Según se verifica en los medios masivos de información por estos días, hablar del "Reinado Nacional de Belleza" es hacerse portavoz de un prejuicio: del prejuicio que estructura la belleza en un desproporcionado privilegio de la imagen. Se nos pide que aceptemos con satisfacción una metáfora: que un territorio se representa en la geografía de un cuerpo. E ignoramos que con ello refrendamos una moral que defiende una virtud cuyo máximo alcance es la apariencia.
La ética nos enseña que la belleza es un valor; los despliegues del reinado nos precisan: la belleza es un valor, de mercado.
Participar como espectador de este tipo de reinados es aceptar que deseamos ser fascinados, aunque para ello debamos desconocer los artificios de la magia que se nos muestra: necesitamos admitir que la espontaneidad sea preparada, y consentir que el músculo entumecido puede falsificar una sonrisa; y en ella aceptar el remedo de la gracia.
Hacernos destinatarios de las notas del referido reinado es sumarnos a una invitación que promueve que seamos intransigentes con la naturaleza de los cuerpos femeninos. Con ello jugamos un juego que no repara en que la belleza se constituye en el delicado olvido de lo natural, y se perfecciona en la cuidadosa representación de la "naturalidad".
Al mismo tiempo quedamos prestos a tolerar la ambivalencia de un juicio, según el cual: primero se les exige a las candidatas que se "preparen", y después aprueba que esas señoritas merecen el escarnio al ser reducidas a lo que se comenta de ellas, a veces, un simple enunciado: que son músculos de gimnasio, o -con una observación sin contemplaciones- carne de quirófano.
En un discurso esquizoide, el monstruo de cien mil cabezas de los comentadores -porque en Colombia parece no haber nadie que se declare impedido para ser juez de la belleza- nos refiere las apetencias de un cuerpo fragmentado: "me gustan -dice- los labios de Risaralda, el abdomen de Valle, las piernas de Meta, los ojos de Cauca", por ejemplo.
Seguir los comentarios del certamen en mención es hacerse receptor de todo tipo de sugerencias, como aquella que promueve darles a las "reinas" un tratamiento de aguacate: querer madurarlas a punta de periódico. Y aceptar que la belleza de esas mujeres es armónica si ellas exhiben, además, que razonan como diplomáticas.
Se nos enseña, también, que nadie es mejor juez de la "belleza colombiana" que un jurado extranjero, y consentimos esa lógica de acuerdo con la cual lo que más debe valorarse en nuestra identidad es que posea rasgos internacionales.
Participar de la fascinación a la que se nos induce con la promoción de que el reinado es una fiesta popular, es aceptar tener cerrados los ojos -tanto en lo psicológico como en lo social- a un malentendido: que en Colombia no hay nada más democrático que el juicio de la belleza y, en ese sentido, que la elección de la "soberana nacional" es popular. Con eso habríamos hecho nuestra una sugestión: que lo elitista es de todos.
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