Para disfrutar el vino debemos poner en acción olfato, gusto y vista, no sin antes hacernos a una buena copa: esa regla, que me compartió Ángelamaría Barreneche, de entrada pone en aprietos a los restaurantes que sirven en algo parecido al vaso de mermelada que las abuelas de antes desetiquetaban, lavaban e incluían en su cristalería.
Como copa buena califica, según la experta de John Restrepo, la de "cristal liso, transparente y delgado, boca estrecha, tallo largo y borde levemente doblado". Como las de la foto.
El tipo de vino también marcará una pauta, pues no es lo mismo un tinto que un blanco y ni qué decir de espumantes, champañas, oportos, jereces o cosechas tardías: cada uno va con la pareja que le conviene, al punto que la marca Riedel, en un desarrollo avanzado ajustó cristales, formas, tamaños y diámetros, según el descorche venga con Cabernet Sauvignon, Pinot Noir o Shiraz.
¿Cositería extrema? No, aseguran los expertos. La copa, más allá de ser recipiente, debe destacar las características del vino; como dice Ángelamaría, "es vía para mejorar la percepción de los aromas, los colores y los matices del sabor".
Una copa de cáliz corto no nos permite girar el vino para despertar sus aromas. Cuando menos, el contenido terminará volando hacia nuestra camisa. Un tallo insuficiente hace que los dedos, por estar cerca del cáliz, nos cambien la temperatura de los blancos. Un borde mal diseñado impide que el líquido caiga en la zona adecuada de la lengua. Una boca abierta no orienta los aromas hacia la nariz. Una decoración con grabados, incrustaciones o colores esconde el rojo violáceo del Cabernet Sauvignon, el dorado verdoso del Chardonnay, las burbujas únicas de champañas y espumantes.
¿Y qué hacen los europeos bebiendo de lo mejor del mundo en vasos corrientes, como si nada? El sommelier Alberto Ángel, de Corralejo, responde que "unos y otras son válidos para el vino, pero la copa es más estética y permite analizar mejor. Los vasos son para tomar con los amigos en momentos informales, en los que no nos fijamos en aromas, colores, sabores".
Es tiempo de que los restaurantes se pongan a tono y ya los clientes evaluarán si la relación precio contra calidad del servicio corresponden. En casa, como dice Ángelamaría por la falta de espacio y por los usos y los costos, debemos ser prácticos y con un juego justo de borgoñas o de burdeos, pregúntelas así, estará bien servido.
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