Siempre le he criticado al padre Nicanor, mi tío, que en plena conversación, o simplemente mientras se le hace compañía, se salga de escena y se ausente. Es como si no estuviera presente. Un día, como para volverlo a la realidad, Mariengracia le dijo medio gritadito que eso era parte de mala educación y que era ofensivo con el interlocutor. Creí que la iba a regañar, pero lo que hizo fue quedarse mirándonos con una inefable tristeza y como rumiando interiormente el aislamiento del que la sobrina pretendía rescatarlo.
Esa misma lejanía y esa misma mirada de tristeza se apoderaron de él mientras hablábamos en días pasados de la abrupta ausencia de un amigo común al que coyunturas incomprensibles habían cortado la comunicación que manteníamos.
-Todo en la vida, hijo, es un juego de ausencias y presencias. O de ausentes presencias.
-A ver, explíquese, tío.
-La vida es un proceso de separaciones, de distanciamientos. Desde el nacimiento, primer gran desgarramiento, hasta el morir, que es la ausencia definitiva y que propicia un nuevo y también definitivo nacimiento, el ser humano está marcado por las ausencias.
-Triste destino, padre.
-Lo que no entiendes, muchacho, es que la vida no es la simple esgrima de ausencias y presencias de que te hablo, sino una esplendorosa vivencia de presencias en la ausencia. Ahí está el meollo, porque ahí está lo espiritual, que trasciende lo físico, lo emotivo, lo caduco, lo transitorio.
-Presencia en la ausencia, dice usted, padre. No me venga con juegos de palabras y acertijos.
-Ya empiezas con tus impertinencias. Pero, bueno, todo sea para exorcizar el mal sabor de alma que nos deja la situación que nos ha puesto a conversar. Te cuento que eso de "presencia en la ausencia" no me lo inventé yo. Lo leí muy joven en un libro sobre la Resurrección, del teólogo Xavier Leon-Dufour, que leíamos en francés, y en el que decía que el Espíritu Santo era la "presence dans l'absence". La ausente presencia de Cristo. ¿No te parece muy iluminador?
-Yo no entiendo de teologías, padre Nicanor. Usted me perdona.
-Por algo al Espíritu Santo lo llaman el Consolador. Vivir "la presencia en la ausencia" del amigo o del ser querido que se murió, que se fue, que se desapareció, que el destino ha alejado de nosotros, es tal vez el único consuelo que redime el dolor de las separaciones. Y lo que nos motiva a seguir siendo fieles a la vida.
-Se me ocurre, tío, que su reflexión trasciende lo biográfico y se vuelve actual y orientadora para Colombia que es, ni más ni menos, un país de ausentes. Casi no hay ya en Colombia un hogar, una familia, en el que no haya una ausencia, sea la de un secuestrado, la de un desaparecido, la de un asesinado y enterrado en una fosa común, la de un recluido en prisión, la de un expatriado o un emigrante.
-Esas sí son ausencias, hijo. Y ten en cuenta que vivir la presencia en la ausencia -es decir, buscar la dimensión espiritual, no necesariamente religiosa, aunque mejor si tiene el condimento de una fe, de las separaciones- es también la clave del perdón, sin el cual toda separación llevaría a la rebeldía, a la venganza, a los rencores irredentos, a la blasfemia.
-¿Entonces, padre?
-Entonces, hijo, entiende que la vida es un largo aprendizaje de desprendimientos y separaciones, un entrenamiento para la ausencia final. Y convéncete de que los que se van, se distancian o se silencian, siguen presentes en la ausencia. De pronto, para terminar (y sea el homenaje al amigo de marras), aquel verso de Eduardo Carranza: "El sitio que ocupabas en el aire/ se llamará melancolía".
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