Pico y Placa Medellín

viernes

2 y 8 

2 y 8

Pico y Placa Medellín

jueves

5 y 9 

5 y 9

Pico y Placa Medellín

miercoles

4 y 6 

4 y 6

Pico y Placa Medellín

martes

0 y 3  

0 y 3

Pico y Placa Medellín

domingo

no

no

Pico y Placa Medellín

sabado

no

no

Pico y Placa Medellín

lunes

1 y 7  

1 y 7

Después de la caída del muro

02 de noviembre de 2009
bookmark

Vi las imágenes que siguieron a la caída del muro de Berlín con mis dos hijos pegados a un televisor inmenso. Era diciembre de 1989. Acababa de salir de las montañas después de una discusión tan intensa como riesgosa en el segundo congreso del ELN sobre el futuro de las guerrillas y de la izquierda colombiana. Había sostenido en la controversia que debíamos buscar unas negociaciones de paz.

Las escenas que pasaban en los televisores en ese final tortuoso de los años ochenta me confirmaron en la idea de cambiar mi vida e intentar que la cambiaran mis compañeros y amigos de armas en aquellos días dolorosos.

Los gobiernos comunistas de la Europa Oriental se venían al suelo uno tras otro y entre sus ruinas empezábamos a descubrir todas sus miserias. La pobreza aún palpitante. La ausencia de libertades y la estrechez asfixiante de la democracia. La burocracia voraz y egoísta que habían alimentado.

En Rusia, en Alemania, en Rumania, en todos los países de un mundo que había proclamado el fin de la explotación y de la desigualdad social no cesaban los relatos donde los jefes de los partidos en el poder aparecían como ostentosos acaparadores de privilegios y fortunas mientras millones de personas se debatían en insatisfacciones y carencias.

Todas las grandes promesas del comunismo se habían incumplido. La abolición de la propiedad privada no había dado paso a una sociedad próspera e igualitaria; la formación de un partido único con una participación decisoria de los obreros y los campesinos no había generado una fluida democracia donde las clases populares accedían masivamente a la gestión del gobierno; el control de la cultura y las artes por parte del Estado no había llevado a una masificación del conocimiento y a una multiplicación del goce estético.

Nada de esto había ocurrido y el desengaño por las promesas incumplidas había generado un gran movimiento social y político que de un momento a otro se había volcado a las calles a gritar la desilusión y a reclamarles a los gobiernos y partidos por su falsedad y su corrupción.

Veía todos estos sucesos en los noticieros, tomado de la mano de mis hijos, con un nudo en la garganta, pensando en los largos años que había dedicado a buscar también un cambio de rumbo para el país por senderos parecidos a los que invitaron aquellos partidos y dirigentes que ahora recibían el repudio de sus pueblos.

Fueron quizás los días más tristes de mi vida. La caída de un sueño que me había desviado de preocupaciones literarias y de búsquedas intelectuales para llevarme a los caminos escabrosos de la guerra. El derrumbe de una utopía que me había alejado por momentos de mis hijos hermosos que ahora se abrazaban a mi cuerpo para acompañarme en la tristeza con una generosidad sin límites.

Estos veinte años que han pasado veloces después de la caída del muro han atenuado mi desilusión y me han reconciliado un poco con mi pasado. El comunismo fracasó de manera estruendosa. Pero el capitalismo, que proclamó en aquel entonces su victoria absoluta, tampoco ha sido capaz de resolver problemas acuciantes de la humanidad y en muchos casos ha envilecido aún más a sociedades y continentes enteros.

Algunos valores que aprendí en esa juventud impetuosa y temeraria me han servido para sostener una existencia que creo digna y para mantener una actitud especialmente crítica. Curado de espantos y escéptico como el que más, sigo insistiendo en que es posible forjar sistemas económicos más solidarios y democracias más incluyentes y libertarias. No estoy para nada cómodo o contento con lo que veo en el mundo de hoy.

Mis años de guerra me enseñaron algo que no dejo de gritar. La reconciliación de los colombianos implica una decisión clara y diáfana de las guerrillas de abandonar las armas, pero exige también y de modo perentorio un compromiso de las élites del país de romper con las mafias y de no acudir a la artera violencia ilegal para sostenerse en el poder.

Te puede interesar

Las más leídas

Te recomendamos

Utilidad para la vida

Regístrate al newsletter

PROCESANDO TU SOLICITUD