El día en que Óscar Figueroa vio el infierno, muchos lo dudaron, incluso su entrenador, Gantcho Karoushkov.
Más de 24 horas de un viaje loco que lo condujo, a él y a un grupo de colombianos, a China, a donde iba con el deseo intacto de ganar una medalla en Juegos Olímpicos, se frustró en fracciones de segundo. Fue un instante, como el disparo de un flash. Un día negro de junio del año pasado cuando la muñeca izquierda le hizo la peor jugada de su vida: se reventó en plena competencia olímpica.
Figueroa, el hombre de El Bagre, Antioquia, quien creció en tierras vallecaucanas hasta forjarse allí de pesista, lloró, quizás más por el hecho de no poder hacer un movimiento más en la tarima de Pekín, que por no ganar una medalla.
El oro que tenía casi escriturado, por los registros previos de la división 62 kilogramos, se le escurrió y fue a dar a las manos de un chino, Zhan Xianxiang, el mismo que encontrará hoy, esta vez en la tarima de Goyang, Corea del Sur, donde el colombiano espera que esta vez la suerte no le juegue otra mala pasada.
O que si surge algún imponderable, esté allí su compañero Diego Salazar para, por lo menos, salvar el honor. El desquite lo tiene en sus manos.
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