Se estima que los 2.200 millones de personas que siguieron la boda por televisión tuvieron la oportunidad de ver el beso del príncipe William y Kate Middleton.
Ese beso público, posiblemente el más observado de la historia, fue tomado como algo natural entre dos personas que se aman. Pero detrás esa peculiar forma de comunicación hay mucho que decir.
Por lo pronto, hay que anotar que entre los romanos, el beso de una pareja en público era la manifestación de su compromiso y en el caso de que uno de ellos falleciera antes del matrimonio, los bienes y regalos debían repartirse por igual entre las dos familias.
La discusión entre quienes defienden la tesis de que el deseo de besar es innato, y los que sostienen que es un comportamiento aprendido, indica que ambos tienen razón.
Muchas especies animales se besan o al menos tienen comportamientos muy parecidos al beso, generalmente como parte del cortejo previo al apareamiento.
Las ardillas se frotan las narices; las tortugas se golpean las cabezas; las jirafas entrelazan sus largos cuellos y los puercoespines se rozan suavemente sus hocicos, una de las pocas partes que no chuzan.
No se sabe cuándo apareció el beso en la especie humana y sus primeras menciones solo aparecen en los textos Védicos, alrededor de 1.500 años antes de Cristo.
Muchos años después, el Kama Sutra (literalmente, reglas para el placer y el sexo) dedica un capítulo a dar instrucciones detalladas de cuándo, cómo y dónde besar al amado.
El beso, como lo conocemos en la cultura occidental, no está presente en todas las culturas.
En un libro publicado en 1864, el inglés William Reade cuenta que habiéndose enamorado de la bella hija de un rey africano, tras varios meses de cortejarla, trató una tarde de besarla y ella salió despavorida pensando que él era caníbal y quería devorarla.
Para algunos microbiólogos, el beso es tan solo un intercambio de saliva y bacterias; pero lo cierto es que a través de él los integrantes de una pareja intercambian información sensorial que les permite conocerse mejor.
Una clasificación moderna establece tres categorías de besos. El de amistad, el de relación y el erótico.
El de amistad, tal como ocurre entre amigos, que se da en la mejilla y que a veces se repite dos y tres veces; el de relación o compromiso, como el que se dan entre padres e hijos indicativo de respeto y a veces de sometimiento; y, el más estudiado, el erótico.
Es tal la importancia del beso, que el área de la corteza cerebral dedicada a procesar los estímulos sensoriales del beso es mayor aún que la dedicada a los órganos genitales.
En el beso erótico se comprometen el olfato, la vista, el sabor, el tacto y la expresión facial, se dilatan las pupilas, llega más sangre al cerebro, se eleva el pulso; se liberan varios neurotransmisores como la dopamina y la serotonina, responsables de las sensaciones de placer y el enamoramiento, y la ocitocina, asociada con el apego.
Es de tal magnitud el compromiso afectivo del beso que muchas personas recuerdan con más detalle el primer beso que la primera relación sexual.
El beso erótico permite conocer mejor la intimidad y evaluar la calidad del compromiso de la pareja.
Por eso no sorprende que muchas relaciones no pasan del primer beso y muchas mujeres afirmen que no se acostarían con quien no se han besado previamente.
Para más detalles recomiendo leer el libro The science of kissing, por Sheril Kirshenbaum, pero advierto que quienes lo hagan no se convertirán en mejores amantes de manera automática.
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