Esas horas que a veces sirven no sólo de una especie de reconciliación con la vida sino una antesala virtual de la hermana muerte, las utilizamos para pequeños ajustes de cuentas que en ocasiones nos hacen sonreír, pero en otras siguen acusándonos de haber cometido un grave pecado, un delito, un estropicio, como se quiera llamar eso de matar 26 pájaros en un solo rato, precisamente de una mañana soleada, por allá cuando no pasaba este desdichado cazador de los diez años y manejaba un rifle de viento con la maestría de un mercenario.
-¿Mataste 26 "azulejos" en menos de una mañana?, me preguntaba un sujeto que fue mi amigo, y que no se espantaba del crimen sino que admiraba la puntería.
-Sí, repuse, con un arrepentimiento que me ha de durar toda la vida.
Porque yo sé que así será. Y si por aquellas fechas hubiera sabido algo del señor Freud hubiera ido a Europa a que me dijera lo que yo tenía en el alma o en la cabeza. Y lo iría a visitar hoy para que me asegurara que ese crimen no fue el responsable de que desde aquella matanza no haya podido abandonar los lápices, las plumas de escribir, las máquinas y hoy los computadores. Si era mi castigo en esta vida para poder descansar en la otra.
Esa es una de mis fijaciones que parece inocente, que se trata solamente de una puerilidad, pero yo sé que no es así y que aquella mañana marcó algo dentro de mí y me señaló como una persona que debería pagar por su culpa. Luego, ya mayor, digamos que viejo, debo arrepentirme de otros segundos que para la mayoría es apenas una anécdota de periodista, pero para mí es algo que debo confesar públicamente para ver si puedo tomar un reposo por la mala acción. No tan grave como la de los pájaros asesinados, pero sí con suficiente carga para señalar al autor por lo menos como un patán.
Casi todos los teléfonos suenan con alguna frecuencia, y el mío no está fuera de la regla. Y a casi todos llegan llamadas equivocadas.
-¿Hablo con la farmacia?
-No señora, primero las farmacias no hablan, y segundo, si yo tuviera una farmacia no le hubiera contestado la llamada sino que lo hubiera hecho un empleado mío... Y el clic de costumbre que alguna vez dejará de ser clic como dejó de ser tic tac el sonido de los relojes. Ya no se consigue un tic tac ni para hacerlo sonar en los museos. Pero esta respuesta no fue la grave. Esta que sigue sí que lo fue:
-¿Está Julieta?
Era ya como la cuarta llamada equivocada del día y estaba mal por más de una razón, entre ellas porque la mañana estuvo como aquella de Barba Jacob.
-No, Julieta está en el cementerio.
-¿En el entierro de quién?
-En el de ella...
Claro que puedo recordar algunas otras porquerías de mi vida, y especialmente de mis respuestas, pero creo que son suficientes las anteriores para dibujar en cuerpo y alma, especialmente en alma, un sujeto que ha pasado por la vida con el, digámoslo así, sobrenombre de poeta. Pobre Julieta, a lo mejor fue verdad lo del cementerio.
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