Uno se resiste a aceptar que el problema de la inseguridad se les haya salido de control a los responsables de administrar la ciudad, hasta convertirse en una causa perdida. La gente habla tanto del tema y cita episodios cercanos con tal intensidad que las embestidas de todos los tipos de delincuencia son tan corrientes en la agenda diaria que pasan inéditas o se quedan inadvertidas y pierden interés noticioso.
Hasta hace algunos meses habíamos conseguido hacernos a la idea de que Medellín había conjurado el monstruo multicefálico de la violencia y estaba entrando en una época de confianza por los avances en seguridad. En apariencia, aquí había ocurrido un prodigio. Por todo el país y hacia el exterior se propagó esa imagen de la renovación casi milagrosa. Pero los delincuentes contraatacaron. Las emergentes bacrim, los combos y bandas barriales y cuanta organización antisocial se formara reanudaron su ofensiva contra la vida, la integridad y los bienes ajenos.
El plano de la ciudad volvió a mancharse de un púrpura significativo. Periodistas que llevan trabajando muchos años en lo que se llamaba crónica roja sienten que están ocultándoseles datos y verdades diurnas y nocturnas. Ponen en duda los partes oficiales de normalidad. Aunque se discuta sobre la validez probatoria de índices y estadísticas y se hagan malabares para reducir el impacto de los hechos, sería una insensatez tapar la realidad y embadurnar el rostro con unturas cosméticas.
Y ha reaparecido con enorme agresividad la otra plaga de la delincuencia común que se conforma con hurtos menores, robo de celulares, portátiles y billeteras. Está regada por todo Medellín. La semana pasada presencié la reacción rabiosa y violenta de decenas de personas que empezaron a linchar a un muchacho iniciado en la carrera facinerosa. Acababa de arrebatarle el bolso a una señora. Le dieron una paliza espantosa y gracias a la mediación de varios transeúntes lo dejaron con vida, pero ensangrentado, al entregárselo a la policía. El linchamiento es una conducta masiva irracional, extrema, que resulta del ánimo perturbado de la gente cuando se ve forzada a sustituir la autoridad. Es tan peligroso como las demás formas de aplicación de seguridad y justicia por propia mano.
La inseguridad urbana es fenómeno mundial. Pero hay ciudades más vulnerables, como la nuestra, pese a la abundancia de diagnósticos, el aumento del pie de fuerza, el avance en la inteligencia preventiva, las lecciones de la experiencia, los incontables consejos de seguridad, los buenos propósitos municipales, etcétera, etcétera. La esperanza está en que el presidente Santos complete la seguridad democrática y además de infundirle contenido social trace una estrategia eficaz de seguridad para las ciudades. A ver si el diablo no sigue amañándose en Medellín.
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