El péndulo ha corrido toda la oscilación de que es capaz. Así lo dijo el español Alberto Lista en 1823, para expresar su temor ante la nueva situación política creada por la restauración del absolutismo en su país. La metáfora resultó adecuada para expresar la transición del antiguo régimen a la sociedad liberal en España y sirve, asimismo, para reflejar la necesidad de cambios y el extremismo con que se desenvuelven algunos debates en Colombia.
El de los toros, no es la excepción.
Defender la tauromaquia por su larga tradición es un sinsentido que niega el concepto de evolución de la sociedad, sugiriendo que aquello que siempre ha sido no puede cambiar.
Por su parte, atacar la fiesta brava simplemente porque no se comparte el sentido del espectáculo, es pararse en un extremismo irracional donde se intenta acabar con costumbres sin motivo suficiente.
Es un debate para darlo desde el centro de la oscilación del péndulo.
Las corridas de toros son una constante danza con la muerte, llenas de carga estética y espectacularidad. Pero no se puede desconocer que son eventos enmarcados por la violencia, la tortura de animales que padecen dolor y, finalmente, la celebración y orgullo de su agonía.
Se le llama "fiesta taurina" destacando el hecho de que matar, causando sufrimiento a un bovino, sea una actividad lúdica que produce alegría.
Es claro que hay un problema en ese concepto. Y que, como parte de la evolución de la humanidad, se tienen que dar los pasos necesarios para separar por completo la celebración de la muerte de animales. Hay algo salvaje en que un público aplauda, cante olés, fume puros y tome alcohol mientras una vida se acaba lenta y dolorosamente ante sus ojos.
Y no se puede esperar mucho de esa sociedad que festeja con la violencia.
La decisión de prohibir las corridas de toros del Parlamento de Cataluña y el debate que se está dando en la Corte Constitucional del tema, han sacado a la luz banderas españolas de las más ocultas cavernas y resucitado argumentos aún más trogloditas.
Es claro que con la medida España dejó un poco de ser España. Pero Roma dejó de ser un poco Roma cuando se alejó de las peleas de Gladiadores y prohibió el circo romano.
Colombia tiene que dejar de ser España en ese sentido.
Y aunque parece poco probable que la Corte Constitucional llegue a prohibir las corridas de toros, las peleas de gallo y el coleo, en algún punto la sociedad colombiana tiene que enfrentar el hecho de que esas tradiciones tienden a desaparecer. Las expresiones de violencia y las agresiones públicas con animales o entre personas, no pueden ser categorizadas como espectáculos.
El boxeo, la lucha libre, las peleas en jaulas, y los eventos donde se torturan animales se tienen que acabar en algún momento, tarde o temprano.
Ojalá sea más temprano que tarde.
Así esas actividades serán recordadas, como hoy lo hacemos con el circo romano y las peleas de gladiadores, como tradiciones salvajes que un día tuvo la sociedad y que en su evolución y desarrollo prohibió por violentas.
En este debate habrá que hacer oscilar el péndulo y esperar. Al cabo de un tiempo, se notará que los extremos se hacen cada vez más pequeños hasta que, por fin, la sociedad se detiene en el punto de acuerdo y conclusión.
Por ahora nada. En medio de tanto radicalismo, con tanto mal moralista de última hora y después de la avalancha de intelectuales que defienden el "arte" de la tauromaquia, es mejor esperar y mientras tanto decir con total claridad: no es correcto permitir los eventos o espectáculos que son expresiones de violencia sangrienta entre individuos o en contra de animales. Ninguno.
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