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El Otro

  • Juan José Hoyos | Juan José Hoyos
    Juan José Hoyos | Juan José Hoyos
20 de marzo de 2010
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Poco antes de morir, Ryszard Kapuscinski recibió la investidura de Doctor honoris causa de la Universitat Ramon Llull.

Lo que pudo haber sido un acto más de protocolo en una universidad de España, se convirtió en un pequeño milagro: un periodista que recorrió el mundo durante más de medio siglo y fue testigo excepcional de las grandes guerras del siglo XX, contó su vida y lo que aprendió de ella en una crónica de unas cuantas páginas. Parece un poema. El libro se llama " Encuentro con el Otro ".

En un comienzo, no parece la obra de un periodista. El autor habla muy poco de este oficio y se dedica a relatar la experiencia singular de un antropólogo polaco que convivió con los aborígenes de la Polinesia y fue el inventor del método etnográfico. Sin embargo, es uno de los mejores libros que he leído sobre el oficio de un reportero. Esto es lo que dice Kapuscinski:

Ante el encuentro con el Otro, al hombre se le han presentado a lo largo de la historia tres posibilidades: elegir la guerra, aislarse tras una muralla o entablar un diálogo. Y siempre ha vacilado ante estas tres opciones. Escoge una u otra dependiendo de su cultura, de la época en que le ha tocado vivir, de los miedos que ha tenido que vencer cuando encara a alguien distinto.

Hijo de la guerra desde los tiempos de los bombardeos de la aviación alemana en los campos de Polonia y corresponsal de guerra en Asia y África, Kapuscinski opina que resulta difícil defender la opción de la guerra. En ella no hay vencedores ni vencidos, dice. En la guerra todos somos perdedores. La guerra pone en evidencia uno de los mayores fracasos del ser humano: su incapacidad de entenderse con los Otros. Y la guerra invariablemente acaba en baño de sangre, en tragedia.

La idea que llevó al hombre a levantar murallas y cavar pozos profundos con el fin de aislarse de otra gente, desde la antigua China hasta el Berlín de los sesenta, y desde el desierto marroquí hasta la frontera entre México y Estados Unidos, fue y sigue siendo una doctrina de odio, de desprecio y de repugnancia hacia el extraño, hacia el Otro. Qué distinta esa imagen del Otro entre los griegos y los indios aztecas, cuando los dioses podían adoptar la cara de un hombre y comportarse como personas. En esos tiempos nunca se sabía si el viajero o el peregrino que se acercaba era dios u hombre. Esta ambivalencia dio lugar a la hospitalidad, esa bella costumbre que exige dar un trato amable al visitante cuya naturaleza aún no es reconocible porque nada sabemos de él. Por eso las puertas de las casas griegas servían no solo para aislarse del Otro, sino para abrirse ante él, invitándolo a entrar.

Después de leer a Kapuscinski, pienso que el encuentro con el Otro, con todos los miedos, los obstáculos y las incertidumbres que hay que vencer, es sin embargo el encuentro con nosotros mismos. Por eso comprender al Otro es comprender nuestra propia vida, nuestra historia personal y colectiva. Este encuentro es imposible sin respetar al Otro y, menos aún, sin escucharlo. Tarde, a veces demasiado tarde, nos damos cuenta de que el respeto por el Otro es la paz. Difícil de aprender esta lección de la vida en un país como Colombia donde convivimos personas de regiones y culturas tan distintas y donde el primero que irrespeta los derechos del Otro es muchas veces el Estado.

Si la guerra conduce al aniquilamiento, y las murallas al aislamiento y la indiferencia, la idea de hablar con el Otro, de acercarse a él sin juzgarlo, con el corazón abierto, y con "buena disposición", puede llevarnos a formar lazos que le den sentido a nuestras vidas y a las vidas de los otros.

Kapuscinski se pregunta: ¿Quién será ese nuevo Otro? ¿Cómo transcurrirá nuestro encuentro? ¿Qué cosas nos diremos? ¿En qué lengua? ¿Sabremos escucharnos? ¿Sabremos entendernos? ¿Sabremos, entre los dos, guiarnos por los sentimientos que le han permitido al hombre acercarse a otro ser humano sin recelo ni odio y hacer vibrar en él la cuerda de la humanidad?

Él se hace estas preguntas mientras recuerda a Joseph Conrad, el gran escritor polaco que se ganó la vida como marinero en los barcos mercantes ingleses y escribió su obra en una lengua distinta a la suya: ¿Sabremos, entre los dos, seguir aquello que "habla de nuestra capacidad de alegría y de admiración, se dirige al sentimiento de misterio que rodea nuestras vidas, a nuestro sentido de la piedad, de la belleza y del dolor, al sentimiento que nos vincula con la creación; y a la convicción sutil, pero invencible, de la solidaridad que une la soledad de innumerables corazones: a esa solidaridad en los sueños, en el placer, en la tristeza, en los anhelos, en las ilusiones, en la esperanza y el temor, que relaciona cada hombre con su prójimo y mancomuna toda la humanidad, los muertos con los vivos y los vivos con aquellos que aún han de nacer?".

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