La historia del fútbol antioqueño, pero en particular la del Atlético Nacional, siempre ha estado ligada, entrañablemente, al fútbol argentino. A sus jugadores y a sus técnicos. Muchos de los íconos del club, muchos de los nombres que siempre vuelven a la memoria de nosotros los hinchas (jóvenes y viejos) tienen un aire de tango: Jorge Hugo "La Chancha" Fernández y Osvaldo Juan Zubeldía. O Navarro o Bóveda o Lóndero o Tito Gómez.
Esos hombres, y su paso por el club, dan cuenta del estrecho lazo de amistad y de las querencias que van de nuestras esquinas a las del gran Buenos Aires.
Es una marca tremenda, ¡bárbara!, como dirían los del río de la Plata. Recuerdo de la infancia unas fotos de mi padre en las que se veía la interminable fila de hinchas que se formó en el coliseo Iván de Bedout para despedir los restos mortales del profesor Osvaldo Zubeldía. Un técnico que tuvo que ver, decisivamente, con el cambio de mentalidad de nuestros jugadores y que dejó su marca y su herencia en generaciones como las de Francisco Maturana, Pedro Sarmiento y Norberto Peluffo, hoy dedicados a la dirección técnica.
Mientras vivió, Zubeldía fue el gran dolor de cabeza del técnico Gabriel Ochoa Uribe. A pocos se nos olvida que el médico del América de Cali ordenó a su equipo, con cierta impotencia, retirarse de la cancha en la final del 81, en el Estadio Atanasio Girardot. El Verde era aplastante. Y aunque a mi gusto el fútbol de Zubeldía era amarrete y algo mañoso, Nacional ganaba sin dejar dudas. Enamoraba a sus hinchas.
Es por eso que se me ocurre escribir estas líneas para pedirle al técnico Ramón Cabrero, muy respetuosa, pero muy seriamente, que cuide bien a Nacional, que no le dé trato de moza de fortuna. Una mocita a la que va a dejar tirada apenas se le venza el tiempo de su contrato. Y si desde el principio él advirtió que venía para quedarse un año, a lo sumo, las directivas de Nacional nos lo debieron notificar, para no caer en hechizos, en amores fugaces.
Al profesor Cabrero se le ve llegar unos minutos antes a los entrenamientos para quitarse la camiseta (la remera) y ponerse al sol con su asistente. Bonito detalle que disfrute del verano de Medellín.
Pero quienes asisten a los entrenamientos advierten la frialdad y la distancia de Cabrero con los jugadores. Una "modorrita veraniega" que luego se refleja en la cancha y ocasiona que, después de ocho meses con el argentino al frente, Nacional juegue sin sangre, disperso, sin una idea de fútbol que, al margen de ser vistosa o no, nos convenza de que el equipo tiene un conductor, un patrón.
Incomodan las repetidas frases de Ramón Cabrero sentenciando que está próximo a irse, que la salud, la familia y las ofertas de clubes argentinos lo mantienen con el corazón y la mente más allá que aquí. Esta ciudad, y su club insignia, no son de poca monta, por eso, muy en argentino, no estamos para bancarnos (aguantarnos) más desaires.
La mujer del César, respetado señor Cabrero, no debe solo serlo sino parecerlo. Por eso le agradeceríamos que nos evite la sensación de que está por aquí apenas de veraneo.
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