El corazón de San Francisco Javier arde en llamas. Él es el santo de la propagación de la fe y de los misioneros. Tiene los ojos mirando hacia el cielo, mientras el mar le golpea los pies.
La imagen de San Francisco Javier está frente a la capilla del Seminario Misional Javeriano de Yarumal, el lugar donde hace 67 años, en 1942, Gustavo Vélez, el padre Calixto, el de las Tejas Arriba, ingresó como seminarista.
La capilla es un lugar sencillo, pero muy especial. Tiene un retablo de madera donde un Cristo solitario parece proteger a todos los que van a orar allí. A los lados de la capilla están las imágenes de Santa Teresita del Niño Jesús y María Inmaculada.
En la mitad del lugar está el padre Manuel Agudelo. Su figura refleja la serenidad de los años vividos del lado bueno. Se levanta y camina hacia el cuadro de San Francisco Javier y reflexiona sobre el padre Gustavo.
-A él lo que más lo apasionaba era la música y el periodismo, eso le encantaba-dice y continúa su camino.
El padre Manuel ingresó un año después, en el 43, al Seminario Misional. A pesar de la diferencia, eso no importó para que se convirtieran, con el paso de los años, en amigos de muchas cosas: de la música, de la escritura, de llevar piedras y cemento para construir la casa del seminario, por allá en el 48.
"El pescador", es la respuesta a la pregunta sobre la canción que más le gustaba. Señor, me has mirado a los ojos/ sonriendo has dicho mi nombre / En la arena he dejado mi barca: junto a Ti buscaré otro mar, canta el padre Manuel.
A su lado está el padre Miguel Vallejo. Él ahora es formador de seminaristas, el mismo oficio que escogió el padre Gustavo cuando fue ordenado sacerdote.
El padre Miguel lo recuerda como casi todo el mundo: pegado de un violín, componiendo canciones y escribiendo versos o artículos editoriales.
"En el seminario nos enseñó que eran los medios de comunicación: cómo se hacía un periódico, un programa de radio, cómo se escribía un editorial. También nos enseñó algo de literatura y por supuesto, mucho de música", explica.
-Eso sí, interrumpe el padre Manuel, el padre Gustavo no tenía voz, pero sí un oído increíble.
Lo dice mientras camina hacia el archivo del Seminario, un cuarto enorme lleno de libros, que solo tiene como adorno la foto de seis Papas. De un estante, el padre Manuel saca una foto reveladora: una fila de jóvenes vestidos de negro. En la primera fila, el padre Gustavo, con los brazos cruzados y la expresión sincera que había que tomarlo muy en serio.
-De su curso, siempre fue el primero. Siempre el mejor- remata el padre Manuel, como si quedara alguna duda.
Y allí llega un grupo de ex alumnos del seminario y del padre Gustavo. Llegan con partituras y letras que el mismo padre compuso. El registro dice que hay un poco más de 50 composiciones del padre. La mayoría de ellas villancicos.
Entonces, a las cuatro de la tarde de ayer, el cuadro de San Francisco Javier cobra sentido: el pecho en llamas para abrigar a sus devotos misioneros, cuando ya su tarea en la tierra ha finalizado. Para que no tenga más frío, Padre Calixto.
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