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Empeñado en averiguar vidas ajenas

14 de noviembre de 2009
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Sí señores: hay un hombre que prefiere una biblioteca a un harem. Y así se lo dijo a su propia esposa, al despedirse de ella en medio de una conversación airada, cuando ésta le reclamó porque estaba cansada de que su vida girara alrededor de los libros y de que solo mostrara constancia en la lectura.

Precisamente ésta, la lectura, llevó a Jorge Alberto Jaramillo a construir un libro inmenso: una enciclopedia de 17.000 entradas de biografías de escritores, artistas plásticos, científicos y, en fin, "personajes de la historia que hayan dejado algún legado impreso desde el año 500 antes de Cristo hasta nuestros días", dice él, el hombre que pasa las noches en una prendería de Itagüí. El hombre solitario, para quien más de tres personas le parecen una multitud.

Reunión de sabios. Bibliografía universal. Nueve tomos de más de quinientas páginas cada uno, en los cuales se interesó la editorial argentina Iberia y de los cuales ya hay uno listo.

El comienzo
Todo empezó como un juego. Quiso matar el tiempo que debía empeñar en su trabajo, consistente en esperar que en medio de la negra noche alguien tocara a su ventanilla para dejarle un anillo, una cadena, alguna joya de oro a cambio de unos pesos -trabajo que lo motivó a leer numerosos tratados sobre el metal amarillo y a tomar un curso de fundición-. Y recurrió a la lectura de un diccionario Espasa, comenzando por el primero: "a: primera letra de..."

Ese diccionario lo había adquirido desde el 80, cuando un tío religioso franciscano, Bernardo Uribe Aristizábal, decidió que dejaría Santa Marta y vendría a vivir en Medellín, así que envió primero los libros, cajas y más cajas que llegaban por encomienda.

El tío, un hombre de más de 60 años en ese momento, quiso celebrar su traslado a esta ciudad con un paseo a Puente Iglesias, en Fredonia. Allí mencionó que hacía 50 años que no se metía al río Cauca y se arrojó para atravesarlo. Y lo hizo. Pero al regresar a la orilla, quién sabe si el cansancio, un calambre o qué fue lo que lo hizo perder la batalla contra la corriente y murió ahogado.

Así que Jorge, en compañía de su hermano Iván Darío, pintor, se animaron a esculcar las cajas, antes de que su madre saliera de semejante tesoro. "Abramos esas cajas que, si nos descuidamos, salen de todos estos libros", recuerda que le dijo a su hermano.

Cuando las abrieron, "hubo libros en la cocina, debajo de las camas, en los corredores, en las piezas de esa espaciosa casa situada en pleno centro de Envigado, calle 39 con salida a la 40, entre carreras 36 y 37, la cual todavía lamentan haber vendido. Muchos de esos volúmenes fueron a parar a la biblioteca del Colegio La Presentación, de Envigado, donde Magola Uribe, su madre, estudió.

La enciclopedia
Cuando, leyendo su Espasa llegó a Abad I, el "primer rey árabe de Sevilla..." y el primer personaje del diccionario, se dijo: "voy a seleccionar 100 autores con sus mayores obras".Cuando llegó a 80, revisó y pensó: "esto está mal hecho. Debo hacerlo más completo". Cuando llegó a 1.000, volvió a empezar: "me dije: no me interesa si al personaje, por ejemplo, le gustaba el fútbol o prefería la carne asada a las legumbres ni, en general, tantas cosas que no le aportan a nadie. Y me limité al legado del cliente".

Y además de la Espasa, decenas de diccionarios y enciclopedias pasaron por sus manos. "Nada de internet". Pensó en seguir a 2.000. Después, a 5.000. Y no se desanimó cuando se enteró de que había algo parecido, un diccionario con 10.000 biografías. Pero lo revisó y dijo: "no me interesa hacer un diccionario. Eso no es práctico porque uno no puede buscar sino a los que conoce y de los que sabe la escritura de su nombre; voy a hacer una enciclopedia temática de más de 15.000 autores". Temática, de modo que bajo el título Arqueólogos, aparezcan los de esta disciplina separados por países.

Incluyó un capítulo de artistas plásticos, de autoría de su hermano, el pintor. Éste preparó hace tiempos un volumen con pintores y escultores de todos los tiempos, separados por los temas creativos. El texto se ocupa de temas tan disímiles como "los que pintan vientos, mares, calaveras, zapatos..."

Otro se dedica a asuntos curiosos, como el árabe que tomó 20 años para escribir un poema, que también es un ejemplo de constancia.

Precisamente ésta, la constancia, que le reclama su esposa, tiene que ver seguramente con que en su vida Jorge ha sido profesor particular de álgebra, tabernero, artesano, carpintero, mecánico, tendero, dependiente en una casa de empeño... Y en algunos de esos trabajos ha durando apenas dos meses. En cambio, no ha parado de leer desde que se murió su tío.

"Tal vez hubiera sido mejor vivir en la Edad Media. Y ser un copista en el más hondo rincón de una abadía".

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