Anoche soñé un país y, siendo español, soñé Colombia. Caí en los brazos de sus gentes cálidas, de una tierra próspera a la que se concedieron las mejores cepas y de un futuro de paz cuya conquista está hoy más cerca que nunca. Hubiera querido descansar por siempre allí, en cualquiera de sus mágicos rincones y exprimir toda la pasión por vivir cada segundo que allí he encontrado.
Como ocurre siempre, uno no aprecia lo que posee, suponiendo que lleguemos a poseer algo alguna vez. Quizá muchos de ustedes tengan un buen saco de reparos que poner a estas primeras líneas y, probablemente, con razón.
Corren tiempos difíciles, como casi siempre, pero aún hay lugares donde todo parece posible. Donde no caben la pesadumbre ni el conformismo. Donde nadie agacha la cabeza. Colombia es uno de ellos. Buena parte de ese clima de optimismo se ha generado con los evidentes logros de ocho años de "uribismo". Hoy Colombia, por primera vez desde 1948, supura confianza en sí misma y en su futuro. Ni el más acérrimo enemigo de Álvaro Uribe puede negarlo.
Prueba de ello es que los colombianos afrontan la sucesión presidencial con la certidumbre de que la elección de la mayoría será buena. Un milagro democrático.
Conozco a la mayoría de los contendientes personalmente. Con pros y contras, son todos brillantes. Tanto como para que esté pensando seriamente importarlos para España, ante el penoso panorama político que reina a este lado del charco.
He entrevistado varias veces en las páginas de La Razón a los dos favoritos de las firmas demoscópicas: Santos y Mockus. Ambos son un ejemplo de servicio público.
Juan Manuel Santos es un hombre con las ideas claras. Directo en el trato, no se anda jamás por las ramas y va al grano siempre. Es un ejemplo de gestión eficaz. Su paso por uno de los cargos más calientes del mundo (el Ministerio de Defensa colombiano) se saldó con nota y el reconocimiento de la inmensa mayoría de sus compatriotas. Otro milagro. Conversé con él recientemente en Bogotá, en su cuartel general, rodeado de seguridad, otra prueba más de su valía. Si los enemigos de Colombia lo odian, si Hugo Chávez teme su victoria, es que transita por el camino correcto.
Antanas Mockus es un contrincante temible. Genial y tolerante, ha tenido la suficiente generosidad para conformar un gran equipo.
La incorporación de Sergio Fajardo es una jugada maestra que arrastra juventud y talento; y su defensa (la de ambos) de la política de seguridad de Uribe, un acierto estratégico respaldado por más del 80 por ciento del electorado.
La segunda vuelta está asegurada y su resultado dependerá del voto conservador. La lógica indica que debería ser Santos el beneficiado, pero la historia está aún por escribir.
Sólo les pido una cosa: gane quien gane, envíennos al perdedor para rescatar un país donde los políticos miran al pasado en lugar de construir el futuro.
Es urgente.
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