Cada año, los preparativos para la celebración se hacen con más prontitud. Desde hace tres meses se notaron las cuadrillas, en calles y parques, para decorar la ciudad, y las vitrinas lucen artículos y se vende toda clase de productos con motivos navideños.
Estas semanas de diciembre vivimos el corre-corre de todo el mundo, comprando vestuarios, regalos y alimentos para las fiestas. Centros comerciales y barrios compiten por las mejores versiones de la Novena de Aguinaldo.
Todo es preparativo para las fiestas.
Las formas de la tradición varían, pero todas alientan el sentimiento navideño: alumbrados, chivas , novenas, bailes, marranadas (quiera Dios no las acaben), cenas y viajes.
Se aprovechan las vacaciones para reuniones en familia, con los amigos y disfrutar.
¿De dónde vino todo esto?
Al releer el principio fundamental de la Navidad, el concepto del Dios que se hace Hombre, uno se desconcierta: ¿Es conveniente seguir reproduciendo la tradición religiosa? ¿Es este caos mercantilista y consumista una manera adecuada para celebrar? ¿Cómo derrochar millones de millones en alumbrados, decoraciones y parrandas públicas cuando miles de personas en la ciudad aún sobreviven en la completa miseria?
Si algo hace que uno se detenga y se inquiete, sería conveniente rebuscar respuestas.
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