- Los ciudadanos se preocupan por la ecología.
La medida es tan insensata y agresiva, tan retardataria y torpe, que debería suscitar el repudio. Un repudio unánime hacia quienes deciden sin vacilación exterminar los pulmones de la ciudad. Este rechazo, seamos un poco más precisos, debe ir dirigido hacia los regentes de la ciudad de ahora, hacia los poderosos consorcios inmobiliarios y del transporte público y, finalmente, hacia una ciudadanía que ha permitido, envuelta en la pasividad, proyectos erráticos de urbanización.
No hay ninguna justificación, a estas alturas de la historia de Occidente, para ejecutar las medidas anti-ecológicas que se están programando en Medellín. A través de manipuladas emisiones televisivas, de falsas explicaciones optimistas encerradas en folletines o en unas muy bien diseñadas páginas web, nos quieren hacer creer que Medellín entra con lucidez a los retos del siglo XXI. Berlín, Londres y París están abogando por una adecuada educación de la sociedad civil ante la grave crisis ecológica del planeta. No se trata de hacer una serie de campañas publicitarias que ayuden a disminuir moderadamente los gases tóxicos y así enfrentar el calentamiento terrestre. Se trata, más bien, de enrumbarnos hacia un urgente cambio de mentalidad que abogue por el aumento de los parques y las reservas naturales en la ciudad.
Los resultados de la civilización occidental, en materia ecológica, son deplorables. Las consecuencias del sometimiento cruel que el capitalismo y el comunismo infligieron a la Tierra durante el siglo XX son más que evidentes. Mares contaminados (el mar de Barents, el mar de Aral, el mar del Caspio, el Mar Mediterráneo convertidos en basureros de desechos nucleares); regiones enormes esterilizadas en Ucrania por culpa de la corrupción estatal soviética; la selva del Amazonas desapareciendo entre el pillaje de las multinacionales de la madera y los cultivadores de la coca; los grandes glaciares del norte y del sur descongelándose por el efecto invernadero; tsunamis, inundaciones, ciclones, atravesando las aterrorizadas islas de Oceanía y el Caribe. Los hombres, fieles a nuestra condición, seguiríamos utilizando los argumentos positivistas del despojamiento de la tierra.
Seguiríamos, satisfaciendo así nuestra ecuménica hambre, consumiéndolo todo. Pero la Tierra ha manifestado su descontento. No es un secreto que en diez años más, si no hay un cambio radical en nuestros hábitos demoledores, no habrá nevados en Colombia. Que en veinte el agua, nuestro gran tesoro, empezará a escasear y con ella la fauna y la flora tendrán su partida de defunción. Que en treinta estaremos ante un panorama suficientemente apocalíptico como para enseñar a los melancólicos niños de entonces el sentido cabal de ese adjetivo. Sin embargo, la capital de la eterna primavera, la ciudad de las flores, la tacita de plata, en vez de unirse a las campañas ecológicas mundiales, se extravía por otras sendas. Y moldea, con sus continuas talas de árboles, el perfil de un paradigma infame.
Son muchos los casos de exterminio de árboles. Ha habido destrucción sistemática de ellos en las calles 30 y 33, en la Avenida Oriental, en los sectores de La Mota y del Poblado; también de Envigado, de Bello, de Itagüí, de La Estrella y de Sabaneta.
Pero el más grave de estos casos es la medida que Área Metropolitana del Valle de Aburrá como autoridad ambiental, quiere imponer en el sector de La Aguacatala. Se trata de la destrucción de 75.000 metros cuadrados y más de 1.700 árboles de la Avenida Regional que va, desde la quebrada Zúñiga hasta Monterrey. Esta medida, por supuesto, como es lo habitual en las administraciones que siempre hemos padecido, pasa por alto una serie de propuestas alternativas planteadas por los sectores ecológicos. Y, en realidad, lo que busca favorecer son los intereses económicos de los transportadores de la ciudad.
Esta administración y su oficina de planeación ambiental, que tiene como lema sarcástico "La calidad del aire es asunto de todos", se niega a considerar lo que son reiteradas peticiones de ciudadanos que sentimos, soñamos y pensamos la ciudad en función de su naturaleza y no sólo en función de la plata y el negocio. Se niega, por ejemplo, a aumentar el horario del pico y placa y extenderlo a todos los vehículos incluidas las motocicletas. Se niega a construir bahías dotadas de equipo y personal capacitado para un despeje rápido de las vías en caso de accidentes. No agiliza la chatarrización de los buses y los camiones viejos que son una de las caras más flagrantes de nuestro subdesarrollo. Tampoco se motiva a utilizar la vía férrea existente, esa de la que tanto se jactaron nuestros comerciantes de antaño, para el transporte de carga.
En cambio, se talan miles de árboles. Y esta tala es la que define hoy la aparatosa transformación de Medellín. Los arboricidios son cometidos, repitámoslo una vez más, por el gobierno municipal y por la empresa privada de manera descarada. Del primero, se sabe algo por la acción valiente del Colectivo Ambiental de Medellín, grupo de personas ejemplares que denuncian, desde hace años, la masacre vegetal que se está perpetrando. En el centro de esta denuncia está, por supuesto, la administración de Sergio Fajardo. Ella, que ha sabido dar ejemplo en materia de educación y cultura a nuestra historia de secular incultura, se ha desbarrancado en materia ecológica.
El nombre de este regente quedará signado por las gigantescas bibliotecas que esperamos algún día tengan libros y por las medidas arbitrarias contra los árboles. Su gobierno, para infortunio de su imagen, pero más para el porvenir de Medellín, está desembocando en el equívoco. De los segundos, los empresarios inmobiliarios, que proliferan aquí y allá como una endemia egipcia, casi nadie habla. Pero son ellos los otros culpables mayores de que se destruyan los pulmones de Medellín. El consorcio inmobiliario, detrás del cual fluyen enormes capitales, no sólo ha acabado con los árboles, sino con la memoria histórica de la ciudad. Laureles, el mítico barrio ideado por Pedro Nel Gómez, que podría ser un lugar histórico de la ciudad, fue desbaratado por ellos. De las viejas casas de la burguesía del Medellín de los años 60 y 70 y de sus follajes espléndidos no ha quedado sino una homogeneidad fea de edificios y calles ruidosas. Prado, lo poco que queda de Prado, no demora en caer en manos de la salvaje voracidad inmobiliaria si no se establecen decretos pertinentes que protejan las huellas del pasado.
El Barrio Zúñiga de Envigado, que pudo haber sido otro de los sitios entrañables de la región, si se hubiera respetado su memoria arquitectónica, desaparece ante la motosierra, la pala, la grúa y el albañil. Y parece que no hay poder humano que pueda detener esta devastación constructiva. Porque la verdad es que se desconoce todo tipo de protesta. Así sucedió con los habitantes de Zúñiga ante la construcción de una enorme urbanización bautizada "Jardines de María" en lo que antes fue el corazón verde del barrio. Se hicieron reuniones, se firmaron cartas de denuncia y de protesta. Pero todo fue en vano. Un día llegaron las volquetas, los trabajadores de la pala y el taladro y empezó el desmadre. El Poblado, por su parte, cada semana ve llegar las brigadas del arrasamiento natural. Y la ironía que estos empresarios enarbolan no puede ser más genial. Se diría que se la han pasado leyendo pura literatura bucólica en sus horas de asueto.
Exterminan árboles, dinamitan la tierra, expulsan a los pájaros, silencian el sonido del viento y del agua, elevan sus hormigones, pegan sus ladrillos, venden jugosamente los apartamentos y las oficinas y luego bautizan su engendro urbanístico con nombres radiantes: Bosques del Paraíso, Jardines de la Asunción, Alamedas de la Esperanza, Colinas del Viento, Vegas de Otraparte. Así como los antiguos generales romanos y los demócratas de hoy llaman paz a la desolación, estos urbanizadores de Medellín endulzan el deterioro natural que cometen con frases de la poesía más barata.
Ya es hora entonces de pronunciarse colectivamente ante la estulticia que nos gobierna. No reaccionamos cuando la Avenida Oriental, esa herida vial, borró la memoria del barrio Estación Villa. Tampoco dijimos nada cuando el Metro, con sus pasos de adefesio elefantiásico, entró al centro de la ciudad y despojó completamente de su encanto arquitectónico al Parque Berrío y a la Plazuela Nutibara. Pero aún hay tiempo para expresar un no compacto al exterminio de los árboles, y propender para que el sentido del respeto por las generaciones de hoy y del futuro nos cobije. La patria es un conjunto de valores simbólicos, la mayoría de ellos proclives a la polémica.
Y ahí están los himnos, las banderas, las religiones y las leyes propias para insuflar odios y horrores varios. Pero acaso el más contundente de esos valores, y sobre todo en nuestro caso, es aquel que define la patria como paisaje. El otro de esos valores insoslayables es la lengua. Por ello sólo el poeta puede dar cuenta de los secretos de la naturaleza. Aurelio Arturo, una de esas voces milagrosas que ha dado este país de intemperantes cacófonos, cantó el verde de todos los colores que nombra a Colombia. Al leerlo, se siente con amplitud que la patria es sobre todo la lengua y el paisaje. Cada día demostramos, sin embargo, que no merecemos esos dones. Cada día manifestamos con increíble terquedad, y ahí está Medellín como un triste ejemplo, que no nos alcanza la sensibilidad y la inteligencia para comprender el prodigio que la naturaleza todavía nos otorga.