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Guerrillas y campaña electoral

  • León Valencia | León Valencia
    León Valencia | León Valencia
24 de mayo de 2010
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Si los jefes de las Farc y el ELN pensaran por un momento en las consecuencias que pueden tener sus acciones en la campaña electoral, se abstendrían de realizar atentados y actos en una y otra región del país. Si se pusieran a indagar por un instante lo que siente la mayoría de los colombianos ante cada operativo de su parte, detendrían por un tiempo sus actividades.

Buena parte de los líderes de candidaturas independientes o de oposición rezan día a día para que a la guerrilla no se lo ocurra, o no pueda, realizar algún acto terrorista de gran envergadura que vuelva a crear una terrible zozobra en la sociedad colombiana y propiciar que el miedo retorne con igual o mayor fuerza que al finalizar la pasada década.

Y debo decirlo, aunque suena terrible. Algunas personas fanáticas del actual gobierno desean que la guerrilla haga algunas demostraciones de fuerza en esta coyuntura para que el terror prevalezca y la opción de seguridad sea el factor determinante de la actual campaña política.

No ha ocurrido aún semejante catástrofe. Pero tanto las Farc como el ELN han abundado en pequeñas acciones a lo largo y ancho del país, en especial en la Cordillera Central y en las fronteras de Venezuela y Ecuador. Algunas han golpeado a la fuerza pública o a sectores de la población y otras son clásica propaganda armada para llamar la atención.

Recientemente el ELN presentó a un grupo de jóvenes uniformados en la Universidad Nacional. Nada del otro mundo. Pero realizado en el principal claustro educativo del país sirvió para titulares de prensa y declaraciones altisonantes de las autoridades que conectan esto a un plan para desestabilizar la campaña.

Las guerrillas no parecen darse cuenta el daño que le hacen al país. No comprenden el viraje impresionante que ha dado la opinión. Colombia es de verdad una nación extraordinaria. Se la jugó a la seguridad y al apoyo al presidente Uribe durante ocho años. Pero ahora se está desatando las manos, se está percatando de otros problemas iguales o más graves que la violencia de las guerrillas.

Está descubriendo que bajo el manto de acabar con la amenaza terrorista se cobijó una gran cantidad de políticos inescrupulosos que entraron a saco en el erario y produjeron graves escándalos de corrupción o escabrosas violaciones a los derechos humanos.

Una parte de la población, en especial las capas medias y altas de la población, con mayor información de lo que ocurre en el país, con más independencia a la hora de votar, está buscando una opción ética, está optando por el cambio, quiere ver a gente nueva en las riendas del Estado, quiere que los temas de desarrollo, de gerencia pública, de empleo, de superación de la miseria, salten al primer plano en la agenda de gobierno.

Es la gente que, de un momento a otro, decidió acompañar la fórmula Mockus y Fajardo, pero también la que acompaña a Noemí, a Pardo, a Petro y a Germán Vargas Lleras. Son la gente que se alejó inesperadamente de la coalición de gobierno y no quiere que Santos llegue a la presidencia para continuar uno por uno los programas que ha desarrollado el presidente Uribe.

Mucha de esa gente tiene gratitud con el presidente Uribe por sus logros en seguridad, pero piensa que la amenaza de la violencia rural cedió bastante y ahora los problemas principales son otros y un cambio de orientación en el Estado servirá para atender estas nuevas angustias.

Debieran pensar en esto las guerrillas y dejar que los electores decidan con entera tranquilidad por quién votar. Deberían entrar en una tregua para que sus acciones no sean utilizadas para perpetuar a políticos corruptos y abusivos que tanto daño le han hecho a la imagen del país en el exterior. Deberían contribuir al cambio y no obstaculizarlo. ¿Acaso el cambio no ha sido su discurso durante los largos años que llevan en su alzamiento armado?

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