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"Halloween" para un niño triste

30 de octubre de 2009
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Hoy, en esta que llaman noche de las brujas, pienso en ti, niño de la calle. Tú, al contemplar los otros niños disfrazados tal vez simplemente puedas esbozar una sonrisa, mitad envidia, mitad sueño, para disfrazar tu tristeza, tu soledad, tu alegría marchita, tu inocencia que ya tiene cicatrices dejadas por la maldad y el vicio.

En esta noche, la calle, que es tu casa, se verá invadida por el tropel de niños que piden dulces. Con la malicia que ya serpentea en tu alma, seguramente te colarás entre la chiquillada que te mirará con recelo porque tus harapos, que son disfraz para ellos, dejan entrever tu amarga realidad. Pero no te acobardes. Tú también tienes derecho a ser niño.

Tal vez en esta noche del jolgorio infantil no tengas otro remedio que volver a ese pedazo de asfalto (regazo amargo) donde desmadejas tu hambre, tu borrachera de sacol, tu cuerpo seco por falta de ternuras y por el odio que envejeció prematuramente tu mirada. El sueño, si te llega, no se verá poblado de carcajadas de brujas ni de las risas desdentadas de calabazas gigantes, porque peores monstruos se acurrucan contigo ahí, entre los cartones y periódicos que cubren tu dormir.

Mientras -si me lo permites- velo tu sueño lleno de sobresaltos, pienso en los niños abandonados, en los niños violentados y golpeados, en los que han sido víctimas de violaciones y llevan sobre sus hombros frágiles un duro fardo de injusticias. Los niños a los que ha pisoteado y asesinado la violencia. Los niños trabajadores, los gamines, los arrinconados en la soledad y el abandono de un hogar roto y deshecho.

Pienso en los niños que lloran su hambre, en los que pasaron este día apenas con una taza de aguapanela; en los que duermen hacinados en tugurios y ranchos de cartón; en los que en las noches, en barriadas y en los campos, se sienten amenazados por el miedo de una violencia que no comprenden. En los que esa misma violencia desplazó y dejó huérfanos o los desarraigó de cuajo de su familia.

Y pienso en los niños sufrientes de toda clase y condición social. En los que no nacieron y en los que agonizan porque no hay quién los cuide, o porque los suyos no tienen medios para atender su enfermedad, para asegurar su vida.

Por supuesto, existen cifras sobre esta amarga realidad de la infancia en Colombia. También las hay, cercanas y perturbadoras, para Medellín. Pero los corazones son duros y ya las estadísticas no hacen mella. Por lo demás, niño mustio de la calle que no vas a leer esto (aunque para ti lo escribo) porque tampoco has tenido el privilegio de ir a la escuela, no me perdonarías que eche números, y no confites, en tu bolsa del "triqui, triqui". Tú eres más, mucho más, que un numerito aséptico de un estudio sociológico.

Te quiero y pienso en ti, doliente niño anónimo, disfrazado, no esta noche sino todos los días, todas las noches, de soledad, de ternura marchita. Eso de las brujas carcajeantes y las calabazas que espantan no es un sueño. Porque el monstruo de la injusticia te aprisiona a ti en una pesadilla sin fin.

Tomémonos de la mano, muchacho, y vámonos por las calles de esta ciudad, de Colombia entera, y gritemos en la noche. Un grito por los niños que sufren. Un grito en favor de la infancia. Tal vez algún corazón abra la puerta. Que sean ángeles, y no brujas, los que te consuelen, te protejan y te abran un horizonte mejor.

No quiero que sigas llorando en este "halloween" sin dulces y sin amor que te ha tocado vivir.

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