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Harakiri de los suelos

29 de octubre de 2009
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No hagas a los demás lo que no quieras que te hagan, le cae como anillo al dedo a la agricultura.

Los cambios que los gases de invernadero producidos por la agricultura y que afectan el clima, son fuente de nuevos problemas para asegurar la alimentación del planeta.

El Compendio Científico del Cambio Climático 2009 entregado por el Programa de las naciones Unidas para el Medio Ambiente pinta un panorama, basado en los estudios de los últimos tres años, poco halagador.

De los 130 millones de kilómetros cuadrados de tierra firme, de 12 a 15 son cultivados, mientras otros 35 millones son pasturas para alimentar animales.

El problema es que para atender la creciente demanda per cápita de alimentos, los crecimientos históricos en la producción agrícola tendrán que mantenerse y doblarse pese a las dificultades que el cambio climático trae al sector.

La variabilidad climática es la fuente de la inestabilidad productiva de la agricultura año tras año y persiste como una fuente de interrupción de los servicios de los ecosistemas, reportó un estudio de S. Howden en Proceedings of the National Academy of Sciences.

No es una realidad lejana. Un estudio de Juan Camilo de los Ríos Cardona con campesinos del páramo de Sonsón mostró que "en la actualidad el clima es muy incierto y dificulta planear con certeza las actividades agrícolas..."

La cantidad de tierra cultivada por persona caerá a menos de 1.000 metros cuadrados en las próximas décadas de acuerdo con las proyecciones de R. Montgomery en su obra Dirt: the Erosion of Civilizations, actualmente en imprenta.

El informe de Unep recalca que sin embargo las variaciones climáticas han permitido el desarrollo de una enorme diversidad de prácticas agrícolas. Pero la reducción de la calidad de los suelos, provocados por los distintos sistemas de agricultura intensiva, requiere acción urgente.

P. Hazell y S. Wood, en un informe en Philosophical Transactions of the Royal Society, indican que el problema de la degradación de los suelos, dado que un 84 por ciento de los cultivados en todo el mundo sufre ese problema, es una seria dificultad para la productividad agrícola y los servicios ambientales que dispensan los distintos ecosistemas.

¿Qué hacer entonces? S. Scherr y J. McNeely creen necesario moverse del modelo convencional de uso segregado de la tierra en el que algunas áreas se dedican por completo a la producción de alimentos mientras otras permanecen para conservación y otros usos.

Por muchos años se ha considerado que la conservación de la biodiversidad y la productividad agrícola eran incompatibles y mutuamente excluyentes. Pero la agricultura ecológica desafía tales afirmaciones.

Su metodología transforma la agricultura de gran escala con monocultivos a un sistema más diverso de menores exigencias de insumos e integrado al paisaje.

La agricultura avanzó mucho en las últimas décadas del siglo pasado gracias a la intensificación, que si bien fue muy productiva, aceleró la degradación del suelo y aumentó la salinidad, nitrificó los cuerpos de agua y con el sobreuso de pesticidas sintéticos que eliminaron los controladores naturales de las plaga se afectó la sostenibilidad agrícola.

Estas prácticas, a la vez, contribuyeron a incrementar los gases de efecto invernadero en la atmósfera, causantes del cambio climático que tiene en jaque la agricultura en todo el planeta.

A 2009 hay más líos.

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