El fenómeno que los titulares de prensa describen como crisis internacional tiene facetas selectivas y paradójicas.
En cuanto a las primeras, es posible encontrar economías emergentes en donde la primera reacción al tema de la crisis podría ser: '¿Cuál crisis?
El mercado interno está en auge; los términos de intercambio siguen siendo favorables; la inflación está bajo control; hay amplia disponibilidad de crédito doméstico y el ingreso por habitante se incrementa.
La preocupación inmediata de las autoridades es el impacto que la excesiva liquidez internacional tiene sobre la apreciación de su moneda'.
Otro factor selectivo consiste en que la economía mundial en su conjunto tampoco revela síntomas de hallarse en estado crítico.
El crecimiento previsto para el PIB mundial en el 2011 es de 4%. Los altos precios de los bienes energéticos y de los principales commodities no sugieren que a nivel mundial se esté registrando una depresión de la demanda agregada o un exceso de oferta.
En China y en la India, así como en algunos países latinoamericanos, el sobrecalentamiento de sus respectivas economías se traduce en presiones inflacionarias.
En síntesis, estas no son las características de un desastre económico a escala planetaria.
Hay, en efecto, serios problemas financieros que afectan con particular intensidad a las grandes democracias industrializadas que conforman el G7. Pero la economía de este grupo de países ricos ha dejado de ser sinónimo de la economía mundial.
Ha habido una redistribución del poder económico en el mundo que se está manifestando con nitidez.
Un factor paradójico es que, a diferencia de lo que sucedía en el pasado, algunas economías emergentes les están dando ejemplo de disciplina fiscal, prudencia monetaria, supervisión adecuada del sistema financiero y, en general, de seriedad en el manejo de las políticas públicas a los países industrializados.
La necesidad que han tenido las grandes multinacionales de desinvertir en determinados negocios para fortalecer sus balances, les ha permitido a empresas de países emergentes adquirir activos valiosos a precios favorables.
El otro factor consiste en que, a medida que aumenta la incertidumbre acerca de la solvencia de Estados Unidos, se incrementa la demanda por instrumentos financieros de su deuda soberana. En consecuencia, los bonos del Tesoro norteamericanos a diez años de plazo tienen un rendimiento de menos del 2% anual.
Estas reflexiones no implican minimizar el riesgo de que la agravación del problema de las naciones desarrolladas tenga un efecto de contagio que se extienda al resto del mundo. Aunque remota, esa posibilidad existe.
En una eventualidad semejante, incluso las economías emergentes más sólidas y mejor manejadas se verían afectadas. Lo que puede afirmarse hasta el momento es que, si hubiere un impacto negativo de la turbulencia externa en las economías emergentes, este se sentiría a partir del año 2012 más bien que en el próximo trimestre.
Dentro de ese orden de ideas, conviene guardar el sentido de las proporciones y evitar anuncios alarmistas que tiendan a destruir la confianza y a convertirse en profecías auto-cumplidas.
En ausencia de un evento catastrófico estilo Lehman Brothers o de una explosión geopolítica impredecible, lo que se prevé para el año 2012 es una ralentización de la actividad económica en Estados Unidos y la Unión Europea, con la consiguiente necesidad de prolongar las posturas monetarias expansivas actuales.
Esto significa que experimentarían un ritmo de crecimiento anémico, pero superior a cero. Mientras no tenga lugar un colapso en el comercio internacional, y la región Asia-Pacífico mantenga su dinamismo, este es un escenario que las economías emergentes de América Latina deberían poder sobrellevar, con alguna incomodidad, pero sin mayores traumatismos.
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