Hace dos años le ganó la batalla a la muerte, luego de que el destino lo pusiera justo en el sitio y hora en que, por equivocación, le metieron tres balazos en su cuerpo. Hoy, el apoyo de su esposa, una siquiatra, una sicóloga, una trabajadora social y una abogada, han sido inútiles para salvarlo de un aniquilamiento emocional, producto de las presuntas humillaciones de su patrón y de un par de compañeros de trabajo que quieren que les sirva en bandeja de plata su carta de renuncia.
Su cargo y salario no son propiamente fuente de envidia. A sus 40 años, David (*) gana el mínimo de 515.000 pesos mensuales, abriendo y cerrando la puerta de una firma de transportes, a la que ingresó como mensajero un 6 de agosto de 2007. El 30 de ese mismo mes marcó el comienzo de sus desgracias. Entró a una papelería para comprar unas resmas de papel y cintas para armar moños de regalo. En ese momento salía un asaltante, a quien el dueño del lugar atacó a tiros de revólver. El maleante recibió uno. El cliente, tres, que hoy son cicatrices en el estómago, el codo izquierdo y el antebrazo derecho, y una incapacidad física del 25 por ciento.
David permaneció un mes hospitalizado, pero por los tratamientos y las sucesivas incapacidades estuvo un año por fuera de la empresa, en donde también trabajaba su esposa. Ella tiene anotados en un cuaderno y en su memoria todos los mensajes que afirma haber recibido de los patrones: La advertencia de que después de seis meses de incapacidad ya no tendrían obligación con él. Los contratos laborales a un mes y hasta uno por tan solo diez días. Un horario que no quiso aceptar, de 2:00 p.m. a 10:00 p.m. para madrugar al día siguiente a las 6:00 a.m. Y los gritos en público de uno de los dueños diciéndole que el cargo le quedó grande.
"Su marido es un lento, bobo y dormido y yo echo al que me dé la gana". Era 30 de octubre de 2008 y esa frase de uno de los propietarios de la firma llenó la copa de la mujer, quien de inmediato pasó su carta de renuncia. A David, dice ella, le tocaba quedarse, para asegurar la atención médica de su hijo, de seis meses, quien era tratado por cardiólogo, genetista, ortopedista, neumólogo y pediatra. El pequeño solo vivió dos años, aumentando las penas de la pareja y de su otro hijo, de 14 años.
En agosto de 2009 David denunció por acoso laboral a sus patronos ante el Ministerio de la Protección Social. La empresa quiso conciliar, recuerdan fuentes de la administración, y los mismos funcionarios estatales le rogaron para que dijera qué podrían hacer sus jefes para facilitarle el trabajo, ante lo cual respondió con un "deje así". Eso, añade la firma, complica la búsqueda de soluciones "porque no necesitamos personas mudas ni que vengan a trabajar indispuestas".
David explica que se negó a conciliar, por física desconfianza. Su esposa complementa que una semana le dan palmaditas en la espalda y a la otra no le dan descanso con las ofensas.
El diagnóstico de su sicóloga es que el trabajador padece un trastorno de depresión mixta con ansiedad. Le angustia no saber qué pasará con su existencia, pues ve cerrados todos los caminos. Lo más grave es que siente que su vida corre peligro, porque alguien en la organización le dijo, a toda voz, que las cosas se arreglan muy fácil con plata. La representante legal de la firma niega tales amenazas. Al menos de ella no han venido. "No sé en su vida personal o en la calle qué manejará. El no habla; es el saludo y no más. Ni siquiera teníamos idea de eso". Al anotarle que la presunta amenaza proviene de otro dueño, aclara que ella no sabe y que esa persona no es el patrón de David.
La lógica de David es que como a él no lo han querido despedir e indemnizar, a lo mejor están pensando en contratar a un sicario. Para curarse en salud, el pasado 20 de marzo puso una queja contra sus patrones ante la Unidad Permanente para los Derechos Humanos de la Personería.
La sicóloga, que no recuerda si el paciente le llegó referido por la siquiatra, o al revés, le comenta que aún es joven, que busque alguna forma de independencia y que no crea que la única opción es esperar eternamente a que lo echen. La solución tampoco es tan fácil, dice su abogada, quien actualmente lo representa en el caso que le siguen en la Fiscalía al dueño de la papelería, para que éste lo repare integralmente y lo indemnice con 10 millones de pesos. Decirle que renuncie no es realista, porque carece de medios para asegurar su supervivencia y la de su familia. Agrega que aunque el empleador ha negado todas las situaciones de acoso, la idea es agotar los recursos para que cambie de actitud.
El Centro de Atención Laboral le brinda al presunto acosado un respaldo jurídico y sicosocial para que haga valer sus derechos, pero sin poner tampoco en riesgo su vida. Al director de esta entidad no le atrae mucho la idea de que se entable una demanda por acoso laboral ante un juez laboral, por ser un proceso que, según sus cuentas, tarda entre uno y tres años. Por su parte, la trabajadora social que atiende a David, lo ve muy inestable, ensimismado y a la mujer sumida en una crisis tenaz. Ambos ni siquiera han tenido espacio para el duelo por la pérdida de su pequeño hijo.
"El caso lo manejamos de una manera correcta", manifiestan voceros de la empresa, quienes afirman haber acogido las recomendaciones del Minprotección Social para ubicar a David en un cargo acorde con sus limitaciones. En su opinión "la cosa no está en aguantar por aguantar, sino en trabajar con armonía y cumpliendo las normas y funciones que le dan al trabajador".
"Quiero darles la pelea, para que ellos tomen la decisión", concluye David. Su esposa enfatiza en que a pesar de que hoy les toca defenderse con los 50.000 pesos semanales que les quedan, la principal motivación no es económica. "Lo único que queremos es que le den un trato mejor y digno".
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