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LA COSECHA DE DIOS

  • LA COSECHA DE DIOS |
    LA COSECHA DE DIOS |
02 de marzo de 2013
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El Evangelio de hoy es la historia contada por Jesús a la gente de Palestina sobre un árbol frutal de su región. Era un árbol bien cuidado con nutrientes, protegido de plagas y maleza. Pero el árbol no daba higos y el dueño se cansó de invertirle y le dijo al mayordomo "córtelo, para que no siga ocupando la tierra de manera improductiva".

Jesús trae la parábola para tocar la conciencia de su gente y de su nación de entonces, y para tocarnos a cada uno de nosotros y a nuestra nación.

Dios ha dado la vida a cada uno de los que lee esta página y con la vida las posibilidades de hacer muchas cosas y producir con ellas el fruto esperado por Él: el amor verdadero que se evidencia en la compasión por el que sufre, en la generosidad con el desposeído, en la fidelidad con la pareja, en la dedicación a los hijos, en la decisión de perdonar. Con la vida recibida producimos cosas materiales que nos dan comodidad, seguridad, diversiones. Todo eso es bueno, pero son tronco y ramas para producir el fruto que Dios espera. Sin este fruto para Dios nuestra vida es estéril.

Igual ocurre con nuestra nación. Dios quiso que fuera Colombia. La dotó de mares, ríos, montañas, diversidad biológica, minerales, tierras feraces, y gente inteligente y creativa. Y produjimos cosas: ciudades y fincas, empresas y bancos, edificios y estadios, clubes y teatros, colegio y universidades. Son los troncos y ramas para producir el fruto que Dios esperaba: que nos amáramos los colombianos unos a otros, que compartiéramos como hermanos esta maravilla de la naturaleza, que confiáramos los unos en los otros, que nos perdonáramos. Con el tronco fuerte de nuestra geografía y las ramas crecientes de la economía produjimos lo contrario, la exclusión, la corrupción, la desconfianza, la inequidad, los odios y la guerra. Dios nos encontró estériles del fruto que Él esperaba.

La parábola termina pidiendo a Dios que no arranque este árbol estéril de nuestras vidas y nuestra nación. Que nos dé otra oportunidad. Y Dios espera. El fruto que espera no son limosnas y rezos. Espera lo que es la pasión de Dios: el que nos atrevamos a vivir cada una, cada uno, como seres humanos. Espera que demos la cosecha de una nación en la que todos y todas se sientan amados, aceptados, reconocidos, respetados, merecedores de confianza, iguales en dignidad.

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