• Medellín, 2 de septiembre de 2014
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La travesía de Salcedo Ramos
Salcedo Ramos es un periodista curioso y juicioso. Perfeccionista. Sus historias son una narración que obliga a imaginar ese recorrido, por ejemplo, con Wikdi. FOTO CORTESÍA-JULIETA SOLINCEE
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La travesía de Salcedo Ramos

El cronista ganó el Ortega y Gasset por su crónica La travesía de Wikdi.

POR MÓNICA QUINTERO RESTREPO | Publicado el 20 de abril de 2013
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Esta vez sus palabras, que ha repetido varias veces, fueron literales. Alberto Salcedo Ramos gastó las suelas de sus zapatos acompañando a Wikdi a caminar cinco horas desde su casa hasta la escuela y de la escuela a su casa. Wikdi caminó tranquilo, como todos los días. Alberto caminó una trocha áspera, como pocas veces.

En la lista había diez niños de Colombia. Ninguno tenía el tiempo de cuánto se demoraba en llegar a la escuela.

"Decían solamente que se demoraban mucho tiempo". Él escogió a Wikdi, por intuición, quizá. "Algo me dijo que el niño chocoano era la mejor historia o la que me podía permitir hacer más grande el contraste entre lo visible y lo invisible".

Ese recorrido que se hizo crónica y que se publicó en 2012 en la revista Soho. Esa historia que Salcedo Ramos contó después de acompañarlo en esa rutina, para el niño fácil, para él difícil, ayer lo tenía feliz. Con el recuerdo de los pies cansados (solo el recuerdo): "No me cabe tanta alegría en el corazón -escribió en el Facebook-. Por mi crónica La travesía de Wikdi acabo de ganar el Premio Ortega y Gasset de Periodismo. No aguanté las ganas de decir".

Los que ya la habían leído volvieron a encontrarse con ese niño pequeño, moreno, de camisa azul, que tiene el morral en los hombros. Los que no, conocieron a ese pequeño de botas de caucho, de pelo negro, que no sonríe a la cámara. Está la primera frase: "En la áspera trocha de ocho kilómetros que separa a Wikdi de su escuela se han desnucado decenas de burros".

¿Cuál es ese recuerdo que tiene, eso que se quedó con usted de la crónica?
"La sensación de que el buen periodismo se hace con los pies. Recuerdo que fue una travesía realmente áspera. Yo veía que el niño iba tranquilo, como si nada, pero yo sufrí los rigores de la caminata".

¿Cómo encontró a Wikdi?
"Gracias a una productora de la revista Soho, que se llama Stephanie Kisner. Ella me dio una lista de diez niños de Colombia de diferentes colegios que tenían que caminar mucho para poder llegar a su escuela y a partir de la lista yo tomé el caso de Wikdi".

¿Por qué se alegra con el Ortega y Gasset?
"Los premios son una manera de reconocer el esfuerzo que uno hace. No son la única. Creo que la mejor de todas sigue siendo la gratitud de los lectores y el contribuir a hacer visible lo invisible".

Que ya lo ha hecho...
"Cuando hice la crónica de El Salado, la rematé hablando de una niña que se llama la seño Mayito. Esa niña se convirtió en profesora cuando tenía 11 años, porque los profesores se fueron después de la masacre. Nadie quería dictar clase en El Salado y la niña se improvisó como profesora y le dieron el premio a la mujer del año. Cuando voy a hacer la crónica, nueve años después, la niña ya tenía 20 y no había podido estudiar para ser profesora por falta de dinero. Gracias a mi crónica aparecieron unos mecenas y ahora la niña está estudiando. La gracia es esa: hacer visible lo invisible".

No se queda quieto. ¿Anda en algo especial?
"Viajando mucho como reportero y dictando talleres. De modo que sí ando en algo especial: haciendo lo que me gusta. Esa es una fortuna inmensa".

¿Qué es lo que le gusta del periodismo?
"Muchas cosas. Conocer gente, lugares, conocer mi propio país, traspasar sus fronteras. El periodismo me pone en una situación que siempre me ha gustado: ser testigo. Además me permite echar el cuento".

¿Puede hacer varias crónicas al tiempo?
"Soy un tanto psico-rígido: necesito concentrarme en una sola tarea para hacerla con cierta dignidad. Trabajo en una crónica primero y en otra después".

No todas las historias tienen que ser sobre la violencia. Porque a veces parece que son las que más interesan...
"No me gusta que la violencia sea el único tema, pero tampoco que sea excluida de la agenda periodística solo por razones cosméticas. Si es parte de la realidad hay que incluirla. Eso sí: hay que mostrarla con contexto y buscar otros temas que reflejen el país".

¿Todavía sigue fisgoneando conversaciones ajenas?
"No es que me esconda para oír conversaciones ajenas, sino que me gusta llegar adonde veo gente conversando. En el Caribe uno sale a la calle y se encuentra en la primera esquina con un amigo y se pone a charlar. Media hora después ya se ha armado una tertulia con media docena de personas. En Bogotá no puedo hacer eso. Es una lástima".

No se queda con ninguna duda. ¿Eso es fundamental?
"Nunca me ha gustado quedarme con dudas. Tampoco me gusta indagar por lo que no me corresponde".

¿Cómo encuentra los datos?
"Buscándolos, gastándome la suela de los zapatos en la investigación, permaneciendo mucho tiempo con los personajes para regalarme la oportunidad de que la realidad me sorprenda".

Parece tener muchos amigos. ¿Eso ayuda para ser periodista?
"Por razones de trabajo conozco a mucha gente y a mí también me conoce mucha gente. Pero no creo que los amigos deban tenerse por montones. Quien es amigo de todo el mundo, no es amigo de nadie".

Sus crónicas son de detalles...
"Flaubert consideraba que en los detalles está la verdad, y esa es una lección que siempre tengo a la mano".

¿Dónde está el mejor dato?
"El mejor dato nunca está en la libreta de notas ni en la grabadora: el mejor dato es ese que se le viene a la memoria a uno cuando pone la cabeza sobre la almohada".

A veces pareciera que los periodistas le tuvieran miedo a la primera persona, a incluirse en el texto. ¿Sí?
"Hay el error de confundir el uso de la primera persona con la inclusión del periodista en la narración. Son dos cosas muy distintas. El periodista puede narrar en tercera persona y, sin embargo, incluirse. Creo que la aparición del periodista debe estar justificada por la historia misma. Cuando es gratuita genera ruido".

¿Le han pasado situaciones extrañas en sus reporterías? ¿Cacharros inolvidables?
"En el último capítulo de mi libro El oro y la oscuridad narro el momento en el cual Pambelé, el personaje de la crónica, arremete contra mí con la intención de molerme a golpes. Como reportero, yo sigo acercándome sin miedo a los cuernos del toro, así que siempre asumo riesgos".

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