Inició el periodo electoral y, por el momento, nos enteramos de los movimientos políticos y las alianzas en las grandes ciudades. Poco se dice de las dinámicas locales en los municipios o en los departamentos menos prósperos, en los cuales se jugará la configuración del poder político con alianzas volubles de conveniencia, con poco culto a lo público y con una alta dosis de sangre.
Hace algún tiempo, cuando salían las primeras condenas por parapolítica, un senador (a quien creo honesto) me dijo que esos procesos iban a conducir a prácticas aún más subrepticias en lo electoral y a la generación de una clase política de fachada, capaz de mostrarse como novísima pero, efectivamente, tapando a gamonales tradicionales y al crimen organizado. En ese momento disentí del senador, porque quería creer en el efecto disuasivo de los procesos de la parapolítica. Hoy, me temo que lo que me decía el congresista se hace realidad.
En el nivel nacional ya es evidente: los parapolíticos condenados hicieron y deshicieron, pusieron cara de víctimas y le hicieron conejo a las inhabilidades, catapultando a hermanos, hermanas, esposas, otros parientes y amigos al honorable Congreso de la República. Y aquí no pasó nada?
Ahora, harán lo mismo en los escenarios locales. Lo triste es que no están solos. Además de parapolíticos, se suman a la fiesta una horda de criminales no visibilizados y personajes y personajillos (algunos más públicos que otros) que, a toda costa, buscan su pedazo del pastel otorgando avales y ofreciendo unciones.
En las próximas elecciones se juega el futuro de la conducción pública de los municipios y departamentos colombianos. Se define la esfera del poder más íntima y más cercana -la local- en la cual, todos saben todo de todos, pero es mejor no opinar.
El escenario de la contienda electoral municipal está signado por la cotidianidad y la cercanía de los electores con los candidatos. Por lo mismo, está marcado por la instrumentalización del conocimiento social íntimo y de los circuitos económicos locales (tanto legales como ilegales). En lo local, interactúan intereses privados y públicos de manera fluida, introduciendo un elemento de ambigüedad que resulta de difícil comprensión "desde afuera". Esta ambigüedad es parte del motivo por el cual no nos interesamos como nación en lo que pasa en el nivel local de esa "otra" Colombia.
Lo local debería ser el escenario en el cual nos jugamos la pluralidad y la posibilidad de disentir políticamente. Sin embargo, es el escenario de más tapujos, mayor coerción y mayor reducción de la libertad de opinión.
No dimensionamos adecuadamente la pérdida del espacio político y la reducción en esos municipios colombianos, particularmente en los cruzados por la guerra y el narcotráfico. Si esto es cierto, en municipios intermedios como Barrancabermeja, imagínense lo que implica en municipios como Andes, El Bagre, San Roque o Vigía del Fuerte.
No existe una gran tradición de elecciones libres en Colombia. Pero, una cosa es el voto por unas libras de carne o un "Pedrito, vote por el primo que nos dará trabajo", y otra cosa es el control del voto a través del dominio de la voluntad, fruto del temor y la coerción. No hay expresión política más triste que la anulación de la identidad como resultado del miedo ciudadano.
Se aproximan las elecciones y la mayoría de los ciudadanos no gozarán de la efervescencia de los debates políticos y de la contienda entre opciones. En la mayoría de los municipios colombianos, no habrá cruce de palabras en defensa de lo programático ni ejercicios persuasivos que buscan el asentimiento ciudadano.
No. La mayoría de los colombianos vivirán la contienda electoral en silencio. En los municipios de menor grado (los olvidados), la dinámica se basará en un guiño, una amenaza o el temor generalizado que anula cualquier rasgo de identidad política. Así serán las elecciones en la "otra" Colombia.
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