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Memoria del poeta desmemoriado

  • Memoria del poeta desmemoriado
01 de enero de 1900
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Memoria del poeta desmemoriadoPor
Juan José Hoyos

Esa noche, Rogelio Echavarría estaba leyendo unos poemas suyos en el auditorio de la Biblioteca Nacional. Ya no recuerda la fecha, ni el año. De pronto, hizo una pausa y levantó los ojos. El auditorio estaba lleno. Él se quedó mirando a la gente con un dejo de perplejidad. Por un momento se sintió como el hombre ausente de un poema de su libro "El transeúnte", al que llaman, y toman de la mano, y le preguntan de dónde viene y desde cuándo. Luego, volvió con sus ojos al libro y permaneció callado. Pasaron dos, tres... diez minutos. Las caras de la gente ahora lo miraban a él con perplejidad. Un silencio misterioso se apoderó de la sala. Su hijo Juan Fernando se levantó de la silla, que estaba en la primera fila del auditorio, y fue hasta la mesa principal.

- Papá- le dijo, tomándolo del brazo-. Salgamos juntos. Yo lo llevo.

- ¿Adónde?
- A una clínica.

- Hijo: no recuerdo que me haya pasado nada...

- Precisamente por eso -dijo Juan Fernando.

Al día siguiente, él despertó en una cama de un hospital. Cuando abrió los ojos, no podía recordar qué había pasado. El médico le dijo que había sido un episodio de ausencia, un nombre clínico de una falta temporal de la memoria. En un poema que escribió un tiempo después, el poeta recuerda el episodio:

¿Cómo llegué hasta aquí, si estoy ausente? / Yo que luché por olvidar la lucha / y para nunca recordar la ofensa, / sólo tengo memoria del presente. / Sé que es muy poca pero a veces mucha. / Y el mañana no existe, pues si llega / se aplaza a diario e infinitamente.

Rogelio habla hoy de esa historia como si hubiera sido una experiencia divertida. Esta noche está en Medellín. Va de viaje para Santa Rosas de Osos, el pueblo de Antioquia donde nació un 27 de marzo, hace ya ochenta años. Va, por decisión propia, a celebrar su cumpleaños, solo. Piensa recorrer las calles de su infancia. Va a visitar la casa donde vivió con su padre, un viejo hermoso y valiente al que todos llamaban Jesús Humilde: era un carpintero sereno y estoico que supo enfrentar con la mayor de las enterezas el hecho de quedar pobre, divorciado y liberal en un pueblo de conservadores, en la década de 1930. Jesús logró rehacer su vida y la de su hijo en medio de las peores humillaciones y penurias, como el más valiente y callado de los hombres.

Por la tarde, Rogelio ha recorrido, también solo, las calles de Medellín, la ciudad donde pasó su primera juventud trabajando en el periódico El Pueblo, y en un radioperiódico de la emisora Ecos de la Montaña, mientras estudiaba los primeros años del bachillerato en el Liceo de la Universidad de Antioquia. Ha visitado los lugares donde vivió y trabajó y tuvo las primeras novias secretas. Era la década de 1940. Después tuvo que marcharse a Bogotá, donde trabajó durante más de cuarenta años en los periódicos El Siglo, El Espectador y El Tiempo, y en la revista Sucesos, que él mismo fundó con su amigo Felipe González Toledo.

Por la noche nos juntamos a conversar y a ver un partido de fútbol en la televisión. Mientras el balón va y viene por la cancha, Rogelio me habla del Medellín de esa época, de su gente, de sus tranvías, de sus edificios y sus calles. Me parece estar viéndolos en una fotografía en blanco y negro. Después me dice que está perdiendo la memoria, y se acuerda de otros versos:

No me defiendo ya ni me apercibo. / Recuerdo que no soy pero que existo. / Sólo queda el amor: su eterno instante / y la quemada luz con que me ciega.

Oyéndolo hablar, porque él jamás recita, recuerdo el día en que lo conocí en el viejo edificio del periódico El Tiempo, situado en la Avenida Jiménez con la Carrera Séptima. El pasado llega como una lluvia repentina: las casas de sus novias, ya casi olvidadas. Los viejos compañeros de oficio: Guillermo Cano, Álvaro Pachón de la Torre, José Salgar, Felipe González... Los mentores de su poesía cuando era un adolescente y nadie creía en él: Alberto Mosquera, Ovidio Rincón. Sus primeros maestros de la radio, como Hemel Ramírez. Los compañeros de farra del Café Automático, en Bogotá. El caricaturista Hernán Merino. Su paradigma de discreción y poesía, Aurelio Arturo. Pero antes, el niño de diez años abandonado en un hotel de Santa Rosa bajo el cuidado maternal de Ester González. La época en que Rogelio se vio obligado a abandonar con su padre el pueblo natal para irse a Yarumal, donde aprendió a tocar el trombón y se convirtió en músico de la banda, a pesar de su edad. Las cartas a Ester, sobre todo en diciembre, cuando en la fría navidad no había juguetes, ni pesebres, ni alumbrados en su cuarto de soledades de una pensión barata de Bogotá. Los primeros versos a Mercedes Vélez, en Santa Rosa.

Las elegías prematuras dedicadas a Maruja Mejía, su novia soñada.

Mientras lo escucho, pienso: ¿De modo que este instante es la vida? Rogelio insiste que está perdiendo la memoria. Dice que tuvo que ir a una clínica, de nuevo. Que a veces se le olvida dónde está. Que no encuentra las llaves ni los papeles. Sin embargo, recuerda sin equivocarse muchos versos suyos. Y yo me pregunto: ¿qué es la memoria? Por un momento, un poema de Rogelio me da una respuesta provisional como casi todas las respuestas de los poetas a estas preguntas: "Ayer, sueño. Hoy, recuerdo. ¿Cuándo realidad?".

Ya es medianoche. Afuera llueve. Rogelio dice que para él todavía es muy temprano para irse a dormir. De pronto viene a su memoria un poema que escribió hace muchos años mientras volaba de noche, por los cielos de Europa, en un jet de Air France: "¡Cómo dormir si el cielo está despierto!" Luego se ríe y dice: "Pero para usted, joven, ya es muy tarde? ¡A dormir!". Nos despedimos y, antes de cerrar la puerta de su cuarto, lo oigo preguntarse: "¿Tarde? ¿Temprano?" Los dos nos quedamos callados un momento.

Entonces, Rogelio vuelve a recordar ese vuelo nocturno y dice en voz alta:

Sobre el canto del pájaro del tiempo / a la altura de Dios sube la noche / mientras la luna cambia su semáforo. / Y el sol que ya clarea en el oriente / es el poniente para los que duermen / y vivieron su día para siempre.

Repite las palabras una a una, de memoria. Yo lo escucho maravillado y pienso: no está tan enfermo como dice el médico. Pero antes de apagar la luz de la lámpara de mi mesa de noche, vuelvo a preguntarme: entonces, ¿qué es la memoria?

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