Observando uno a las personas en las calles y a los pasajeros en los buses y a los empleados en las oficinas y a los estudiantes en las escuelas, y detallando el comportamiento de cada uno de ellos en su rol, es posible sacar la conclusión de que los valores no están perdidos, ni acabados, ni eliminados.
Simplemente se han confundido los conceptos de lo que es bueno y de lo que es malo, de lo que es beneficioso y de lo que es perjudicial. Y de ello, del deterioro de esos conceptos, somos culpables, de alguna manera, todos, sin discriminación.
Los padres les inducen a los hijos que es más importante la discoteca que la biblioteca, o el profesor que da a entender que ser alcahuete es ser tolerante, o el joven que valora más el sexo que el amor, o el adolescente que piensa que la sabiduría se acaba con la vejez, o la sociedad que anula la importancia de la experiencia, o la mujer que disfruta más la brusquedad que la delicadeza, o el hombre que admira piernas y no inteligencia?
Los valores están ahí esperando que el hombre los use, que la humildad los practique y que la sociedad los entienda.
La honestidad existe, pero se siente sola, porque los políticos la abandonaron y los niños la desconocen y los jóvenes la desprecian y los empleados le huyen.
Y existe el respeto, pero está esperando que la mujer lo exija, que los padres lo utilicen, que la autoridad lo merezca y que el educador lo enseñe.
La belleza existe, pero los jóvenes la confunden con la extravagancia y los medios de comunicación con la apariencia y el común de las personas con la bajeza. Y existe la bondad, pero los periódicos resaltan más a los violentos que a los pacíficos y los héroes en las películas son los que disparan balas y los más visibles en las escuelas son los niños necios.
Los valores están ahí vivos y presentes, pero los seres humanos, tendiendo más a la irracionalidad, y haciendo uso más de la emoción que de la razón, los despreciamos y los confundimos.
Es el momento de tomar conciencia del error y comprometer a estudiantes y profesores, a pastores y feligreses, a empleados y patrones, a padres e hijos, a pueblo y autoridades, para que se haga el cambio de los conceptos y de las apreciaciones para encaminarnos hacia una sociedad más placentera y lucrativa.
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