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Notarios de quinta

  • Notarios de quinta
24 de agosto de 2011
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Todas las acepciones de la palabra "notario", según el diccionario de la Real Academia Española, hablan de lo que esos 14 personajes que fueron acusados por plagio no son. Para empezar ¿con qué autoridad moral podrían ellos, en caso de no haber sido descubiertos, seguir dando fe de los contratos, testamentos, y otros actos extrajudiciales, conforme a las leyes? ¿Cómo podrían seguir desempeñando la labor del escribano y dar fe de escritos y otros actos cuando quedó demostrado que lo que menos les interesa es la verdad y escribir?

Apenas leí que este grupo de notarios "presentaron como propios libros y obras cuyos originales fueron trabajados por universitarios (?) para obtener puntos en el último concurso de notarios y poderse mantener en el cargo" ( El Tiempo , 18 de agosto) lo único que sentí fue indignación. Era increíble que estos sujetos creyeran que su cetro sería sempiterno y sus funciones de mayor esfuerzo seguirían siendo poner sellitos y firmas mientras el café aromático de las mañanas les sugería que podían seguir burlando eternamente la justicia.

Lastimosamente lo que pasó la semana pasada no ocurrió por primera vez; por lo visto cada que se convoca un concurso para mantenerse en el cargo de notario o para aspirar a él, la historia se repite. De manera sorprendente leí en un artículo del año pasado: "Libros que 23 notarios presentaron para ganar puntos en el concurso notarial son tesis plagiadas". No quise seguir buscando años atrás. ¡Qué vergüenza!

Siempre he creído que cuando alguien no sólo piensa sino que decide hacer plagio es porque se considera muy poca cosa. Cree, por lo visto, que nada tiene que aportarle al mundo. Robarse las ideas de otros es clavarse el puñal de la mediocridad, es cargar con el estigma de que ha nacido para pasar desapercibido, para darle las mismas vueltas a su monótona vida de servidor público.

Molesto con cada uno de estos sujetos que intentaron dárselas de listos (por fortuna los descubrieron) retomé una lectura pendiente para no pensar más en estos colombianos mediocres. El documento tenía una breve referencia a Ignacio de Loyola, famoso por sus "oraciones mentales". Rápidamente mi alma quedó casi sosegada y a punto de dormirme me despertó el olor a azufre porque otro de los ejercicios de san Ignacio tiene que ver con la "meditación del infierno". Aquí el pecador acude a la experiencia de los sentidos para sentir el drama del averno. Gritos, llantos, lágrimas, ánimas en pena, en fin, toda una parafernalia de miedos y de imágenes aterradoras invaden al pecador hasta que hace un "coloquio de misericordia" donde imaginando a Cristo, y hablándole como un amigo, le pide consejo o gracia para obtener el perdón de sus culpas.

De nuevo, misteriosamente, volvió a mi cabeza el bochornoso evento de los notarios pero esta vez los imaginé evocando los ejercicios propuestos por el Santo. Los pobres no pudieron salir del infierno. No valió acto de contrición, nadie les creyó sus arrepentimientos. Su penitencia en estos ejercicios imaginarios plagados de lamentos fue autenticar eternamente la siguiente mención: "El derecho de autor fue reconocido en 1948 como uno de los derechos básicos de la persona en la Declaración Universal de los Derechos Humanos". Pueda ser que algunos vivos aprendan de estos muertos.

 

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