Hace diez días en una entrevista a Semana, Lucho Garzón, fungiendo como vocero del Partido Verde, expresó su apoyo a la ley de víctimas, a la restitución de tierras y a la reforma de las regalías, que son las iniciativas prioritarias del gobierno de Juan Manuel Santos. Entendí que era un respaldo a los contenidos fundamentales de los proyectos.
En esos mismos días el ex presidente Álvaro Uribe Vélez se reunió con grupos parlamentarios del Partido Conservador y del Partido de la U para manifestar el desacuerdo con temas de fondo de la Ley de Víctimas y de la Ley de Tierras. No le gustaba la reparación para todas las víctimas sin distingo del victimario, tampoco los procedimientos legales para la restitución de las propiedades a los campesinos.
Lo curioso es que Lucho decía mantener la posición de crítica e independencia proclamada por el Partido Verde una vez terminó la campaña electoral y Uribe decía, antes de entrar a las reuniones con los parlamentarios, que su principal misión era apoyar la agenda legislativa de Santos. Así es el juego político.
No soy tan atrevido para afirmar que los acontecimientos de los primeros dos meses del gobierno Santos han significado una recomposición de fuerzas y ya podemos hablar de una ruptura entre Uribe y Santos y de un acercamiento de los verdes y de la izquierda hacia el gobierno. Pero esto no es descartable en un futuro.
A decir verdad, la distancia entre Uribe y Santos empezó muy pronto. En los días de la posesión presidencial ya era evidente el malestar de Uribe por los acercamientos de Santos con los gobiernos de Chávez y Correa y el anuncio de un ramo de olivo para la Corte Suprema de Justicia.
La diferencia en puntos clave de la agenda legislativa es otra manifestación de descontento. Pero falta el tema principal: la elección del Fiscal General de la Nación. Esa puede ser la gota que rebose la taza. Un cambio de terna y la designación de un funcionario realmente independiente y capaz abrirán una brecha difícil de cerrar entre Santos y Uribe.
En un escenario de estos es probable que la coalición de gobierno se transforme. Algunos parlamentarios de la U y del Partido Conservador cercanos a Uribe podrían romper la alianza y lanzarse a la oposición. Sería un hecho lógico. Estarían acompañando a un jefe político que quiere hacer valer sus ideas y tiene un importante liderazgo en el país. Pero puede ocurrir también que prefieran mantenerse al lado de quien ostenta el poder y los puestos en el momento.
Y a estas alturas me hago una pregunta: ¿En una eventual ruptura entre Uribe y Santos el Partido Verde y el Polo Democrático serán capaces de ingresar abiertamente al Gobierno de Unidad Nacional? Un hecho así tendría también su lógica, porque las diferencias entre Uribe y Santos se están dando alrededor de temas afines a los verdes y a la izquierda.
Sería, en todo caso, una verdadera revolución ver a un gobierno elegido con banderas de derecha, abiertamente sectarias y con el apoyo decidido de Uribe, gobernar con un programa de reformas de alto contenido social y con un talante pluralista capaz de abrirles las puertas del poder a sectores políticos tradicionalmente marginados.
Las palabras de Lucho Garzón podrían ser premonitorias de esta nueva y fascinante realidad política. También Gustavo Petro desde el Polo Democrático había sugerido algo parecido en los primeros días del gobierno de Santos, pero se le vinieron encima las directivas del Polo.
Sería muy bueno que a la luz de los nuevos desarrollos de la vida política los dirigentes del Polo Democrático empezaran a flexibilizar la posición y no descartaran una alianza con el gobierno de Santos. Es el nuevo signo de la vida pública en el mundo. Tanto en Europa como en América Latina gobiernan coaliciones de centro izquierda o de centro derecha y el halo reformista que ha mostrado Santos hasta el momento lo ubica extrañamente más al lado de la izquierda que de la derecha. Veremos qué camino toman las distintas fuerzas políticas del país en los próximos meses.
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