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PARA ASESINAR UNA NOSTALGIA

  • Ernesto Ochoa | Ernesto Ochoa
    Ernesto Ochoa | Ernesto Ochoa
10 de febrero de 2012
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Los cien años que acaba de cumplir este periódico y el remozamiento con que a partir del lunes empezó a llegar a los lectores, no puede menos de alborotar viejos recuerdos. Para guillotinar esa nostalgia busco entre los escombros del olvido una vieja columna, que recordaba haber escrito cuando todavía se usaban los teletipos y las máquinas de escribir. Ahí va:

Escribo esta nota en un extraño momento en el que la sala de redacción se ha quedado sola. Hasta los teletipos se han apaciguado. Sólo se oye, como un rumor de aguas desbordadas, la catarata de la rotativa. Siento el silencio casi como un aire que voy rasgando con el tecleteo de la máquina de escribir.

Una sala de redacción en reposo es casi como un templo vacío. Con ese olor a incienso quemado que persiste después de los ritos. Pienso en la soledad del periodista.

Metido todo el día con las gentes, con los hechos, con las noticias. Acribillado a toda hora por las sorpresas. Espectador expectante de lo que no ha ocurrido, mientras sufre y traga y evacua lo que ya pasó. No tiene pausa. No tiene reposo.

Está en medio de la batalla. Absorto ante los acontecimientos y absorbido por ellos. Corazón palpitante del diario vivir. Tenso hacia el futuro. Visionario, profeta.

Sólo tiene una ley, la noticia. Que no sabe de horarios ni de tiempos. Que llega cuando menos se piensa. Nadie sabe de dónde ni por dónde. Implacable, impertérrita, inclemente. La noticia.

El periodista es un navegante en la fugacidad del tiempo. Oficiante de una extraña liturgia en la que se ofrenda la vida en aras de la temporalidad.

Hoy es mañana. Todo se quema velozmente. Juventud envejecida montada sobre el acontecer. No hay tiempo para mirar hacia atrás. Marcándole al mundo el ritmo de los pasos.

La historia hecha arcilla maleable, trabajada por manos nerviosas, crispadas. No queda espacio para la caricia, para la lentitud.

La perfección es más un remordimiento que una meta o una tentación. Al terminar la jornada el periodista tumba sobre el lecho más la fatiga del guerrero que la satisfacción del artista.

Grandeza y miseria. Humildad y orgullo. Alegría y tristeza. Satisfacción y fracaso. Rabiosa paciencia. El periodismo es pura pasión. No hay que teorizar demasiado.

En el camino quedan regados los libros, las gramáticas, las teorías y las técnicas de comunicación. Sólo queda la pasión, con sus dejos de tragedia o de comedia.

O queda, simplemente, la vida.

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