Había una vez un continente en el que la magia del fútbol llenaba de éxtasis el corazón de los aficionados. Era esa misma felicidad que hacía ver diferente lo que todos parecían ver del mismo modo.
Talento, magia y regates abundaban por montones en los tierreros de esa extensa geografía suramericana. Fueron criados por maestros que, a pie limpio y con bolas de trapo, les dieron las primera patadas a un objeto llamado balón y que, luego, en un abrir y cerrar de ojos, los ubicaron en la cima del mundo futbolístico.
Es un cuento llevado a la realidad. Hoy, el talento del fútbol suramericano se viste de gala ante todo el mundo por su buena presentación en Sudáfrica 2010.
Cuando se deja aparte el tema de los errores arbitrales y los esquemas rígidos de las tácticas impuestas, aflora el talento y la destreza de los jugadores suramericanos, que han pensando más en la entrega, la ambición de triunfo y la gloria, que en la imagen y la publicidad.
"El fútbol europeo es muy mecánico. Sus jugadores son predecibles y obvios en los movimientos. Cosa diferente sucede con los suramericanos que a esa mecanización le agregan la repentización. Ese valor agregado de la malicia indígena", explica Luis Fernando Suárez, técnico del Juan Aurich de Perú y ex mundialista con Ecuador en 2002.
Diferencias hay por toneladas entre el fútbol europeo, el africano, el asiático y el latino. La chispa, el picante y la osadía en la cancha corren por cuenta de los últimos.
Comúnmente son éstos lo que le ponen el sabor a las diferentes ligas del mundo. En la cancha deambulan entre la magia, la improvisación y lo esquemático. Por eso se puede hablar de que Chile y los clasificados a cuartos de final, Uruguay, Argentina, Paraguay y Brasil, tienen un plus frente a los demás: que los jugadores, en su mayoría, se acoplaron a la rigidez europea, pero tienen una formación fundada en su talento barrial.
Como dice Suárez, "el jugador suramericano aprendió del profesionalismo de los europeos y hoy se demuestra en la cancha. Era lo que siempre reclamábamos".
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