" El fútbol es un deporte que inventaron los ingleses, juegan once contra once, y siempre gana Alemania". Palabras de Gary Lineker, goleador de 1986. Palabras con razón.
Alemania es la eterna favorita de los mundiales. No clasifica con holgura, tampoco gana con partidos brillantes. Pero, al momento de salir a competir por la Copa del Mundo, se convierte en un indivisible cuerpo ganador, que devora rivales.
"Fuimos campeones del mundo en 1954, 1974 y 1990, y de Europa en 1972, 1980 y 1996. A eso hay que añadirle unas cuantas finales. Por decirlo así, hemos crecido con la convicción de que Alemania siempre puede llegar a la final. Sin duda, somos una de las selecciones que tienen opciones de luchar por el título", explicó Philipp Lahm, en entrevista con el portal de la Fifa en internet.
En una marea de nombres conocidos y algunos impronunciables, el equipo de Joachim Low presenta una variedad de "formas de morir". El tridente ofensivo de Miroslav Klose, Lukas Podolski y Mario Gómez es tan diverso y letal como etéreo.
Pero la figura sobresaliente del equipo es Michael Ballack, un hombre tan discreto como polifuncional.
El volante del Chelsea, ahora mezclado con un infinito de estrellas en Londres, es la voz de mando de la selección de Löw.
A sus 33 años, el capitán teutón ha defendido los colores de la Selección en 97 oportunidades y, después de dos finales perdidas (en la Copa Mundial de 2002 y en la Eurocopa 2008), busca conquistar, por fin, un título para su país.
No tiene el brillo de sus días en el Bayern Munich, pero sí la sapiencia que da dos citas mundialistas. Y la de Sudáfrica será muy probablemente la última gran oportunidad para Ballack, un hombre del que dicen es un jugador de fácil adaptación a la posición que le sea asignada en el campo de juego, tanto en el ataque como en la defensa. Hace de volante mixto, crea situaciones de gol y es letal en los remates de cabeza.
Incluso, hasta el punto de haber sido nombrado como el sucesor del mayor referente alemán de la historia: Franz Beckenbauer.
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