Leer un libro es siempre un culto secreto. Íntimo. Personal. Silencioso. Un rito de intimidades que implica aislamiento y soledad, donde la compañía entra en juego si es parte de esa intimidad.
Por eso el libro, como tal, retrae de la batahola, de los ruidos, y rehuye los jolgorios festivos. No que un libro -leer un libro- no sea una fiesta que pueda compartirse, sino que no puede utilizarse como pretexto para celebraciones ajenas al acto limpio de la lectura.
Son, pues, el libro como presencia incitadora y la lectura como actividad avasalladora, una pedagogía del silencio. Los grandes solitarios suelen ser buenos lectores. Y viceversa.
Y llegan a ser también, los buenos lectores, seres contemplativos, un poco ausentes, que no se sienten cómodos en medio de la gente. No es orgullo ni desprecio, sino el leve peso del silencio, el reclamo diario a enfrascarse en la lectura, que hace que los lectores se vuelvan a ratos esquivos y huidizos. Y tal vez sufran por ello.
Pero todo queda compensado con el gozo del reencuentro con los libros en el coto cerrado de la propia intimidad.
Y porque el libro es un culto secreto, leer es un acto amoroso. El lector y el libro entrelazados en su propia desnudez, sin testigos ni voyeristas, solos en su lucha amorosa. Las orgías de los cenáculos de intelectuales o los exhibicionismos de eruditismo acaban destruyendo el placer de la lectura.
Sólo hay un sonido que no profana el rito: la voz humana que lee en voz alta, para sí o para otros. Porque la voz es esencial en la liturgia del libro. No hay lectura mental. Aunque se lean en silencio y sin mover los labios, las palabras impresas se oyen en el interior del leyente y se vuelven música. El placer del lector solitario está precisamente ahí, en esa música callada, en ese diálogo mudo con el libro.
Leer, por lo tanto, es todo lo contrario a un acto de egoísmo o evasión. Pudiera tener esa aparente connotación. Pero no lo es, porque leer un libro es un acto de humildad, un romper cerrojos y abrir jaulas y prisiones, una desolada búsqueda de libertad.
Y no, como muchos creen, un simple consuelo. La lectura como autocompasión acaba matando todas las posibilidades de enriquecimiento interior y de gozo estético que encierra en sí misma.
No estoy de acuerdo cuando alguien dice que lee para distraerse, para descansar, para matar el tiempo.
Considerar la lectura como un ejercicio suntuario es tergiversar el papel que juega el libro en la cultura de un pueblo o en la vida de un ser humano. Haberlo presentado así en muchos ámbitos es tal vez la causa de que, a pesar de todos los esfuerzos, nuestro pueblo lea tan poco.
Lo anterior no quiere decir que la lectura no sea, antes que nada y por encima de todo, placer. Pero es que el placer tampoco es superfluo, como lo quiere imponer nuestra mentalidad maniquea.
Todo lo contrario. Debe quedar claro, entonces, que los libros no son para ratos de ocio. Como no lo son tampoco el amor, ni el buen yantar, ni el dormir. Ni el ocio mismo, aunque suene contradictorio.
La lectura, un culto secreto. Y la verdadera fiesta del libro, la soledad del lector.
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