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¿Qué hacemos sin imaginación?

  • Diego Aristizábal | Diego Aristizábal
    Diego Aristizábal | Diego Aristizábal
01 de febrero de 2012
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Todo es tan aburrido cuando una silla es una silla, una billetera es una billetera y una cafetera es una cafetera, por no seguir enumerando objetos y cosas que vemos a diario y que desde hace mucho dejaron de ser trampolines a la imaginación. Es impresionante cómo en la medida que crecemos la imaginación es apenas un recuerdo de la infancia, cuando se cree y se valora toda la fantasía posible que pueda caber en una boca o en una mano.

Lo triste es que pocas veces los adultos creen que la imaginación y la fantasía deben continuar hasta la muerte. Nos volvemos fríos, empezamos a sentir vergüenza, ya todo es una línea o un círculo, nada más. No se nos ocurre que detrás de esos trazos hay bostezos, rabitos de cerdos o dientes de queso.

Esta semana renové contrato con la imaginación apenas leí un libro que ha pasado casi desapercibido en las librerías. Anthony Browne, con la ayuda de su hijo Joe, escribió una autobiografía fantástica que se llama " Jugar el juego de las formas " (2011). No es sino leer las primeras líneas para descubrir lo importante que ha sido para este artista británico el juego legendario. ¿En qué consiste? En descubrir, sin mucho esfuerzo, lo oculto de cada cosa.

El mismo Leonardo da Vinci seguía las líneas de los muros desconchados para ver figuras en ellos y, en la escritura, Miguel de Unamuno escribía palabras hasta que encontraba una idea. Por eso, cuando los niños le preguntan a Anthony Browne ¿cómo aprenden a dibujar?, él les dice que es cosa de aprender a mirar con muchísimo cuidado. Los grandes artistas han jugado siempre el juego de las formas hasta crear obras de arte que se acercan más a las criaturas vivas que a una simple amalgama de colores. Los niños entienden esto mucho mejor que los adultos.

Hay una escena en el libro " El juego de las formas " (2004) que me encanta y que Anthony Browne incluye en esta autobiografía. Una familia ingresa a un museo y empieza la siguiente conversación:

-¿Qué diablos se supone que es eso?, pregunta papá ante una escultura abstracta.

-Se supone que es una madre con su hijo, responde la esposa.

-Bueno, ¿y por qué no lo es?

Por fortuna esa "racionalidad" cambia cuando los integrantes de la familia empiezan a relacionarse con los cuadros. Al apreciar el arte, su espíritu revive su personalidad y su aspecto físico se llena de color. Pero esto no ocurre siempre porque muchas personas pasan más tiempo leyendo las fichas de los cuadros que observando las obras de arte.

Este libro, al igual que sus muchas historias, entre ellas las protagonizadas por Willy, pero también por Ramón Preocupón, no decepciona; Browne insiste en lo equivocados que están los padres que parecen empujar a sus hijos hacia una graduación precoz de la infancia intelectual con la mentalidad de que los libros ilustrados son para bebés; se nos olvida que tales libros son para todos, al igual que la buena literatura.

Cada día me convenzo más de que si les preguntáramos más a los niños podrían ayudarnos a darle forma a este mundito de mierda que hemos construido los pretenciosos adultos. Los niños nunca decepcionan con sus respuestas.
@d_aristizabal

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