Hubo una vez, en que el planeta Tierra era un paraíso. Las aguas transparentes fluían como espejos que reflejaban el Cielo. Había millones de árboles, arbustos y plantas que florecían y daban sus frutos. Había seres que se alimentaban de ellos, pero no abusaban. No los dejaban sin las semillas que permitían su continuidad. Los cielos eran azules y blancos en el día, y se cuajaban de estrellas en la noche.
Pero llegó el momento en que muchos hombres se convirtieron en depredadores y desequilibraron el ecosistema. Cambiaron la policromía de la naturaleza por la monotonía del cemento, el asfalto, el ladrillo y la artificialidad lumínica. Entonces el mundo perdió esa policromía, su armonía y dejó de ser una sinfonía de luces y colores naturales.
Este desequilibrio afectó, cada vez más, al ser humano. Empezaron las enfermedades del alma y del cuerpo, las crueldades y las guerras... y todavía no logramos salir ni de las unas ni de las otras. Pero esto tiene que cambiar y empieza a cambiar. El hombre comienza a tener plena conciencia de su responsabilidad con todas las criaturas que conviven con él, porque es el único ser que tiene desarrollada plenamente su capacidad de ser creativo y no depender únicamente del instinto. Dios le dio el don de la creatividad, precisamente para crear, y no, para destruir.
Ha habido razones de fuerza para esta toma de conciencia, como el desequilibrio climático y el calentamiento global con sus consecuencias en temperaturas y lluvias extremas, que afectan al globo terráqueo, pero, sobre todo, a los seres vivos.
Afortunadamente, también ha habido otras razones más altruistas: el compromiso de muchos empresarios, líderes, gobiernos y gente común y corriente con una producción limpia que eliminará las sustancias que contaminan la atmósfera, las aguas y afectan la salud de todos los seres que se alimentan y respiran. Compromiso de no ser depredadores sino constructores de ambientes amables.
Si se mantiene y promueve esta conciencia, llegará el momento en que la naturaleza y todas sus criaturas podrán vivir en armonía, y el paraíso que una vez hubo, volverá a ser una realidad. No es una utopía ni un sueño irrealizable. La solución, pues, está en nuestras manos. Y esa solución ya se palpa con ímpetu al terminar esta primera década del Siglo XXI.
Con El jardín para leer la vida, EL COLOMBIANO planta una semilla y estamos seguros de que se sembrarán muchas más.
Con los reconocimientos para los Colombianos Ejemplares, EL COLOMBIANO reitera la doble filosofía que animó la creación de los galardones: que muchas personas se unan a estos paradigmas que hoy hacemos visibles para que puedan seguir dando ejemplo; y que muchas otras se animen a replicar sus experiencias en distintos rincones de la geografía nacional y mundial.
Las personas e instituciones anoche destacadas están construyendo país, les dan sentido a sus vidas y, día a día, "hacen camino al andar". ¡Gracias! Su paso por la Tierra no ha sido ni será en vano. Ustedes son re-constructores del Paraíso.
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