La falta de un acuerdo en la pasada Cumbre Mundial sobre la Sociedad de la Información, en Túnez en 2005, sobre quién o quiénes deben ejercer el control de internet, ha enviado un mensaje equivocado a muchos navegantes, quienes creen que en la web pueden hacer lo que deseen, sin asumir responsabilidades, incluso vulnerando los derechos fundamentales de otras personas.
Si bien internet debe ser un espacio libre para la construcción del conocimiento colectivo, la interacción, la creación de ideas, el emprendimiento y la participación, no puede escudar esta falta de gobernanza en la lesión de la honra, el buen nombre y el derecho a la intimidad de los usuarios.
El anonimato, que posibilita la red, no es un cheque en blanco para que se intimide al otro a través de mensajes amenazantes, se robe la identidad de una usuaria en una comunidad virtual y se hagan pasar por ella o se debata sobre la honorabilidad de alguien, sin pudor, en foros y espacios para mensajes de los lectores.
La interacción requiere de moderación, sensatez y responsabilidad. En ésta debe primar el principio básico: no hacer a los demás lo que no se quiere para uno. Pero, por unos cuantos, tampoco se puede generalizar el comportamiento de los internautas. Hay quienes la usan para fines benéficos, para organizar marchas contra el secuestro, expresar su solidaridad o compartir su experticia en la solución de un problema.
Internet ha dado voz a muchas comunidades y las ha visualizado. Es un medio que sorprende todos los días por su capacidad de convocatoria, continua evolución y equidad. En la red todos somos iguales, tenemos los mismos derechos, pero también las mismas obligaciones. En nosotros está que la tecnología, con sus multiplataformas, se convierta en una aliada que contribuya a ganar en la calidad de vida o se transforme en un lugar en donde la comunicación y la esencia misma de las relaciones humanas cambien a un lenguaje frío dominado por los emoticones, la realidad virtual y la renuncia a los valores que nos engrandecen cada día.