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Reflexiones Acerca de la Institución Presidencial

  • Rodrigo Botero Montoya | Rodrigo Botero Montoya
    Rodrigo Botero Montoya | Rodrigo Botero Montoya
23 de noviembre de 2011
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El ordenamiento constitucional colombiano establece una institución presidencial fuerte.

El Presidente desempeña las funciones de Jefe del Estado y jefe de gobierno al mismo tiempo. Dirige las relaciones internacionales del país. Es el comandante supremo de las Fuerzas Armadas.

A estas responsabilidades se agrega el protagonismo excepcional que ofrecen los medios de comunicación y la constante relación con los dirigentes de la actividad económica nacional.

Lo anterior tiene poco de novedoso para quienes están familiarizados con el funcionamiento del engranaje institucional colombiano.

Lo que sigue procura responder, así sea parcialmente, a los interrogantes de amistades latinoamericanas respecto a las peculiaridades de la actualidad política nacional.

Además de las normas formales que regulan el ejercicio del poder presidencial, y la interacción de éste con los otros poderes y la sociedad civil, existen ciertas normas informales, no escritas, que son claras para los actores políticos que cuentan, y que la opinión pública culta sobreentiende.

Por ejemplo, el enorme poder que el país le concede a quien desempeña la presidencia lleva implícita la cláusula de que esa transferencia de poder tiene una fecha de caducidad pre-establecida. Utilizar el poder de la institución presidencial para modificar la fecha de caducidad en beneficio propio constituye una infracción del contrato social con la Nación.

Esa infracción tiene un costo inmediato, y otro frente a la posteridad. Provoca un reflejo condicionado de inconformidad, habida cuenta de la desconfianza del establecimiento a la excesiva acumulación de poder y de la experiencia histórica colombiana de rechazo al caudillismo.

La existencia de una fecha de caducidad conocida significa que el poder que se ejerce desde el gobierno no es personal. Es institucional y eminentemente transitorio.

Esto es algo que puede comprobar, con mayor o menor intensidad, todo ex presidente, al día siguiente de haber terminado su mandato. Para administrar la descompresión que produce pasar de ser el centro de atención nacional a la condición de simple ciudadano, conviene tener perspectiva histórica, curiosidad intelectual y sentido de humor.

Unos hacen la transición con mayor elegancia que otros.

El expresidente Gerald Ford comentaba que estaba maravillado de la forma como había mejorado el golf de sus amigos, después de su salida de la Casa Blanca.

Alfonso López Michelsen relataba que los jefes liberales derrotados en la Guerra de los Mil Días se reunían a evocar con nostalgia las emociones de sus experiencias bélicas. Uno de ellos se lamentaba: 'Para colmo de males, ahora tenemos que pagar las gallinas'.

Lyndon Johnson explicaba la breve duración de la gratitud política así: 'La pregunta relevante de los seguidores no es ¿qué ha hecho por mí?; sino ¿qué ha hecho por mí últimamente?'

Otra norma informal concierne al comportamiento esperado de los ex presidentes. La sociedad les concede un estatus especial en función del cargo que ejercieron. Al mismo tiempo, les pide comportarse con mesura y prudencia.

Pronunciamientos emitidos con demasiada frecuencia, además de fatigar a sus compatriotas, conllevan el riesgo de hacerse irrelevantes. Se espera que, si no están dispuestos a ayudar con su consejo y su experiencia al mandatario de turno, al menos se abstengan de obstaculizar su tarea.

Un expresidente debe disponer de una afición o actividad que le permita disfrutar maneras de canalizar su talento y sus energías, distintas al ejercicio del poder. En aras de su salud mental, debe cultivar esa alternativa.

Como advierte el político británico Enoch Powell, 'Todas las vidas políticas, salvo que hayan sido truncadas prematuramente en una coyuntura feliz, terminan en un fracaso. Esa es la naturaleza de la política y de los acontecimientos humanos.'

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